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Opinión

Carlos López Gómez

Carlos López Gómez

Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Nebrija

Donald Trump y Liberty Valance

El terremoto internacional que provocan las políticas del presidente de Estados Unidos

En cierta ocasión, impartiendo una asignatura sobre Organizaciones Internacionales, un estudiante me preguntó por qué motivo Estados Unidos, que tradicionalmente ha alardeado de ser la luminaria de la democracia en la Tierra, nunca había ratificado el Pacto de San José de 1969, que estableció la Convención Interamericana de los Derechos Humanos y, con ella, asentó unos estándares comunes y de obligado cumplimiento para el respeto de los derechos fundamentales en ese continente. ¿Cómo se explicaba que el país que presumía de portar la antorcha de la libertad individual se resistiera a asumir los estándares de sus vecinos en la garantía de los derechos más básicos?

Donald Trump y Liberty Valance

Donald Trump y Liberty Valance

Más allá de la cuestión doctrinal esencial —la reticencia de EEUU a aceptar la jurisprudencia de cualquier ente situado por encima de su propio orden constitucional— o de los aspectos específicos del Pacto más difícilmente asumibles para Washington, como las limitaciones a la pena de muerte o a la cadena perpetua, se me ocurrió que la pregunta ofrecía la oportunidad para una reflexión de mayor enjundia sobre la cultura política y jurídica estadounidense, y arbolé tal reflexión tomando como base el western de John Ford de 1962 El hombre que mató a Liberty Valance.

Por si este texto cayere en manos de algún despistadillo, recordaremos brevemente la trama. Ransom Stoddard (James Stewart), un joven abogado del este, llega a Shinbone con la ilusión de contribuir, a través de la educación y la práctica del derecho, a la mejora de la vida en la ciudad. Pero se encuentra que en ésta impone su ley el forajido Liberty Valance (Lee Marvin), un desalmado que comete todo tipo de atropellos –asaltos, robos, asesinatos...– sin que nadie ose hacerle frente. Con la excepción de Tom Doniphon (John Wayne), "el tipo más duro al sur del río Picketwire", con quien Valance por lo general no se atreve a meterse, pero que, lejos de ser un justiciero, vive sólo para sus asuntos. El desdichado Stoddard persevera en su empeño idealista y sufre las continuas provocaciones de Valance rehusando siempre la violencia, hasta que al fin no aguanta más y acepta un duelo con el bandido. Para sorpresa de todos, Valance resulta muerto y Stoddard es aclamado como héroe local. Andando el tiempo, desarrollará una exitosa carrera política y llegará a senador, e incluso la chica que iba a casarse con Doniphon (Vera Miles) lo hace con Stoddard.

Pero todos estos éxitos obedecen, sin embargo, a un engaño: en realidad no fue Stoddard, que apenas si sabía empuñar un arma, quien mató a Liberty Valance, sino Doniphon, que le disparó oculto en las sombras. Así, la carrera política de Stoddard, su matrimonio, la modernización del país y el aparente triunfo del derecho y de la civilización… todo esconde una amarga verdad: en realidad a Stoddard no se lo admira por sus logros como político y como jurista sino porque, como se dice al final del filme, "todo es poco para el hombre que mató a Liberty Valance" (cosa que ni siquiera hizo).

Todo este argumento me ha parecido siempre un ajustado trasunto de la cultura política y jurídica estadounidense. Según la mitología nacional, el país se fundó como la tierra de la libertad, abriendo sus puertas a quienes huían del absolutismo, el fanatismo y la intolerancia europeos. Su sistema político se asentaría en la defensa del individuo frente a los abusos del Estado y en el equilibrio entre los poderes para que prevalezca siempre la justicia, y la misión de Estados Unidos en el mundo sería, como preconiza la doctrina del destino manifiesto, expandir estos valores de libertad y democracia. Así, la figura de Stoddard —el educador, el jurista, el idealista, el hombre que pone la ley por encima de cualquier otra consideración— sería la encarnación del espíritu estadounidense.

Pero los hechos pintan un cuadro bien distinto, como nos han contado Howard Zinn y muchos otros historiadores: el de un país construido sobre el expolio, el desplazamiento y el exterminio de los pueblos indígenas; el de un desarrollo económico basado en la esclavitud primero, en la más desenfrenada explotación capitalista después, y en la esquilmación de los recursos naturales propios y ajenos siempre; el de la normalización de la violencia hacia el interior (se trata del único país del mundo en el que hay más armas de fuego que personas) y hacia el exterior, con su interminable rosario de agresiones imperialistas contra casi cualquier lugar del mundo. Al igual que en la película, el verdadero fundamento del éxito y del carácter de Estados Unidos como potencia, tanto en su ordenamiento interno como en sus relaciones con el exterior, es la posesión de la fuerza y la determinación para usarla (aun cuando se esgriman justificaciones éticas, jurídicas o civilizatorias para ello), y por eso es en la dureza y en el carácter práctico y adusto de Tom Doniphon (el hombre que mató a Liberty Valance) en quien vemos su auténtica encarnación.

¿Qué nos queda por añadir en el momento actual, qué estaría aportando la segunda administración Trump al símil propuesto? A decir verdad, un giro nada desdeñable. Los ejercicios de fuerza que hemos visto en las últimas semanas pueden no diferir mucho en el fondo de lo que EE UU ha hecho en el mundo en el último siglo y pico, pero sí difieren en las formas. Según vemos, las agresiones y las amenazas hacia el exterior, ya se trate de Venezuela o de Dinamarca, y hacia el interior, contra las administraciones locales menos complacientes, ya no se justifican en principios más o menos elevados, en algunos casos ni siquiera en la seguridad. Cuando escuchamos a Donald Trump proclamar su derecho al petróleo venezolano o a la posesión de Groenlandia, o a Pete Hegseth justificar el asesinato extrajudicial de civiles en el Caribe, o a Stephen Miller burlarse de lo que llama international niceties, no podemos sino concluir que, bajo la actual administración, EE UU ya no pretende ser el hombre duro pero cabal que fue Tom Doniphon, ni mucho menos pasar por el educador y legislador Ransom Stoddard. No: Estados Unidos se ha convertido en Liberty Valance, el salteador de diligencias capaz de azotar a sus víctimas hasta la muerte por el mero gusto de hacerlo y cuya única ley es la que le dictan a cada instante sus apetitos más criminales. Y en las manos de este forajido se encuentra, recordemos, el mayor poderío militar que ha conocido nunca la Tierra. Que Dios nos coja confesados.

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