Opinión
Te voy a hacer la autocrítica
En el PSOE se ha levantado la veda de la unanimidad. Lo curioso es que casi nunca coincide el momento de la crítica con el de la responsabilidad compartida, la primera suele llegar cuando se pierde y la segunda desaparece justo entonces.
Las derrotas consecutivas en Extremadura y Aragón han abierto el debate interno sobre la dirección federal, la estrategia electoral y la supuesta desconexión entre Madrid y los territorios. Siempre hay un punto de razón en esas críticas, pero también un riesgo evidente de convertir el análisis político en ajuste de cuentas.No todas las derrotas responden a la misma lógica ni a los mismos errores, gobernar durante años desgasta, los ciclos políticos existen y la fragmentación parlamentaria convierte cualquier elección en un encaje de diferentes y no siempre compatibles. Pero reconocer eso exige menos titulares y más reflexión, y esa no ha sido la actividad favorita de la política contemporánea.
En ese contexto, la decisión de Pedro Sánchez de mantener el calendario electoral previsto se interpreta de dos maneras, o como obstinación personal o como coherencia institucional. La decisión tiene algo de las dos cosas, y si funciona, esta perseverancia suele parecer liderazgo y cabezonería cuando no.
Alrededor de este debate orbitan voces conocidas del partido, cada una con su propia biografía política y, naturalmente, con sus propios intereses. Hay quienes apelan a la tradición del partido como garantía de estabilidad, quienes reclaman mayor autonomía territorial y quienes consideran que el problema es de cambio de líder. En ese clima, las desafortunadas declaraciones del ministro Óscar López al referirse a Javier Lambán han añadido más ruido que contenido al debate. En un partido con larga memoria interna, los errores verbales no se olvidan rápido, y menos cuando afectan a dirigentes que ya no pueden defenderse. La política española perdona casi todo menos la imprudencia innecesaria.
La cuestión de fondo, sin embargo, no es quién tiene razón en la discusión interna sino cómo se produce esa discusión. La democracia interna no consiste en competir por ver quién critica con más contundencia a la dirección cuando llegan malos resultados. Consiste en debatir con honestidad y, sobre todo, en mantener la lealtad política cuando otros candidatos se enfrentan a elecciones difíciles. Porque mientras unos discuten el rumbo del partido, otros compiten por las elecciones en Castilla y León o en Andalucía. Y ahí la crítica pública, dosificada sin cautela, se convierte en el mejor argumento de los adversarios. La autocrítica es necesaria, la deslealtad, no.
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