Opinión
El burka de Patxi
El debate sobre la prohibición del burka y el nicab sobrevuela en medio del oportunismo de las derechas por sacarlo a relucir, al considerar que hay alguna cosa que también las une. Vox –no cabía esperar menos– ha convertido el asunto en ariete identitario, como si la defensa de la mujer fuera un accesorio más del catálogo patriótico. Del otro lado, voces como las de Patxi López o Yolanda Díaz, que repiten —con una ligereza que asombra— que permitirlo es respetar la libertad de quienes lo llevan, igual que si la libertad fuera un simple gesto individual desconectado de la presión familiar, comunitaria o religiosa. Sorprende incluso teniendo en cuenta la cortedad de estos dos personajes.
Pero el problema aquí no es el volumen, sino el fondo. Y el fondo es sencillo: una sociedad liberal no puede mirar hacia otro lado ante símbolos que, en la práctica, institucionalizan la desigualdad. El burka y el nicab no son un sombrero ni una excentricidad estética, representan la forma de borrar a la mujer del espacio público. No se trata de prohibir una fe, se trata de rechazar cualquier instrumento de control que esa fe impone. Sin entrar a valorar –tampoco sabría hacerlo– si el burka pertenece por entero al Corán o es simplemente una interpretación sesgada y fundamentalista de la palabra sagrada.
A esto hay que añadir, además, la seguridad, una razón que nadie debería despreciar por pudor ideológico. La convivencia requiere rostros. Identificación en espacios públicos, en trámites, en centros educativos o transportes. El anonimato impuesto no es un derecho, es una anomalía. Para remediarla, no cabe señalar al inmigrante ni alimentar escaramuzas culturales o políticas. Se trata de sostener con firmeza administrativa el principio básico de que, en una democracia, la dignidad no se negocia y la igualdad, no se oculta bajo un velo. A ver si te enteras, Patxi.
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