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José Manuel Parrilla Fernández

Inmigración y disenso en la Iglesia

Una reflexión sobre el debate suscitado en torno a las declaraciones de Sanz Montes

Ante el debate suscitado por la publicación, el pasado día 2 de febrero en LA NUEVA ESPAÑA, del escrito colectivo que rechazaba las apreciaciones del señor Arzobispo de Oviedo, Don Jesús Sanz Montes, acerca del proceso extraordinario de regularización de inmigrantes, expreso un provisional balance y algunas puntualizaciones. Prescindo de las descalificaciones "ad hominem", pues solo evidencian la carencia de capacidad o de asidero doctrinal para discutir argumentos.

En cuanto al resto, nadie ha presentado razones seriamente apoyadas en lo que enseña la Sagrada Escritura y la extensa Doctrina Social de la Iglesia acerca de los deberes religiosos y sociales que nos incumben para con quienes llegan como migrantes o refugiados. Tampoco lo hizo la "carta dominical" del Arzobispo (LA NUEVA ESPAÑA del 8 de febrero), que tuvo ahí una buena ocasión para recordar los criterios que propone la moral católica en esta materia.

Quienes han contestado al escrito colectivo han expresado sobre todo temores y prejuicios ideológicos ajenos a la enseñanza social de la Iglesia, algunos próximos a la xenofobia. En el mejor de los casos, apreciaciones –que en lo sustancial comparto– acerca de la necesidad de ordenar el fenómeno migratorio de manera que no sean necesarios estos procesos de regularización. El propio escrito sugería que el pastor diocesano propusiera a los políticos diversos buscar cuanto antes un acuerdo para la regulación legal justa de este fenómeno. Sin embargo, no hemos leído tal llamamiento en las reiteradas intervenciones de Monseñor Sanz, ni en el "argumentario" de sus defensores varios.

En cuanto a las apelaciones a la obediencia debida al obispo o la etiqueta de "disidencia eclesial", no aplican en este caso, pues no se ha desobedecido ningún mandato episcopal, sino que se ha discrepado de una opinión personal del prelado que no está amparada por el Magisterio eclesiástico, máxime cuando se expresa por medio tan extravagante como unas frases en "X" (antes Twitter). Cuando un obispo tiene la voluntad de dictar magisterio auténtico, debe hacerlo en coherencia con la doctrina eclesial y mediante el documento apropiado, ordinariamente una "carta pastoral", que deberá ser publicada en el Boletín Oficial de la Diócesis para su conocimiento y efectos. No cabe confundir el magisterio religioso del obispo con artículos periodísticos u otros géneros comunicativos que, por su naturaleza, quedan sometidos al escrutinio público que es propio de las sociedades pluralistas como la nuestra.

No teman quienes se preocupan porque la libertad de expresión del Arzobispo pueda verse mermada por la crítica de quienes ejercen esa misma libertad, que ampara por igual a todos los españoles por mandato constitucional. Además, en su caso dispone de espacios de difusión mucho más amplios que otros ciudadanos: aparte de los medios propios de la diócesis, es frecuente su firma en prensa escrita o digital tanto de Asturias como de ámbito nacional. En sus escritos, ha expresado frecuentemente su disentimiento de decisiones colegiadas de los obispos españoles, en asuntos como la pederastia, Cuelgamuros, la inmigración o la valoración de las "gobernanzas", etc., evidenciando con ello unas posiciones actualmente minoritarias en el episcopado español.

No obstante, la libertad de expresión, en el caso de un obispo, siempre debería estar modulada por la responsabilidad pastoral que públicamente desempeña. Por ello habría de procurar –incluso en las formas– que sea fiel expresión de la enseñanza del Evangelio y de la doctrina de la Iglesia, antes que de sus particulares opciones sociales o políticas. El Papa Francisco recordó que la sinodalidad es el marco desde el que se ha de comprender la jerarquía como servicio a la comunión eclesial, que se enriquece cuanto más se escuche a todos (Documento Final del Sínodo 2024). Ello implica que el obispo, en las muchas materias opinables, no debe monopolizar la voz de la comunidad eclesial, sino promover la expresión plural de todo el Pueblo de Dios en su propia Iglesia local, para así enriquecer el discernimiento comunitario.

Vale decir que la comunión eclesial opera en el doble sentido, del pueblo con el obispo y del obispo con su pueblo. Solamente así podrá el obispo expresar una voz verdaderamente representativa e integradora de la comunidad diocesana que preside, evitando dividir al imponer sus ideas o preferencias personales. De ese modo evitará ser el pastor quien haga peligrar la comunión con y entre los miembros de la Iglesia que se le ha encomendado pastorear según el modelo de Cristo, el Buen Pastor, que no duda en dejar a las otras noventa y nueve para salir en busca de la oveja perdida (Mt 15,3ss).

Un obispo que promueva la sinodalidad, el discernimiento participativo de todo el Pueblo de Dios, integrador de la diversidad sin exclusiones y respetuoso con la trayectoria diocesana de fuerte compromiso con las realidades sociales, es lo que necesita la Iglesia de Asturias.

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