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Nueva masculinidad

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Decir que los hombres no lloran suena hoy a eco lejano, un murmullo de otra época. Y, sin embargo, basta mirar ciertos gestos de estadistas mundiales para recordar que los viejos fantasmas aún rondan. Aun así, hay un cambio que se abre paso, silencioso pero imparable: la masculinidad se reinventa, como una corriente subterránea que rompe viejas piedras.

Aitor Rubial, futbolista del Betis, es uno de sus faros. En un deporte donde la fuerza y la dureza parecían la medida de todo, su autenticidad brilla como un estandarte. Frente a insultos homófobos, no retrocede; su valentía no se mide en goles, sino en dignidad y coherencia.

La “nueva masculinidad” se inscribe en debates, redes sociales y charlas cotidianas. No es moda ni etiqueta pasajera; es una revisión de siglos de mandato silencioso: qué significa ser hombre, qué emociones se pueden sentir, qué relaciones se pueden construir.

Las mujeres lo perciben con claridad: buscan empatía, igualdad, estabilidad emocional. Rechazan el machismo heredado, aquel que enseñaba que la bondad era debilidad y la ternura un pecado. Sus madres jamás habrían aceptado un compañero inseguro o pasivo. Hoy, por fortuna, las reglas cambian.

Crecí en una sociedad donde al hombre le costaba empujar un cochecito de bebé, donde lavar los platos en casa era un acto extraordinario. La masculinidad del siglo XX se medía en fuerza, autosuficiencia, control y liderazgo dominante. Era un mandato invisible, transmitido de generación en generación. Hoy, los movimientos por la igualdad, las nuevas formas de familia y el debate sobre salud mental lo desafían.

La nueva masculinidad dice: puedes ser fuerte y vulnerable. Puedes llorar, cuidar, expresar y compartir. La fortaleza verdadera no está en callar, sino en vivir con integridad emocional.

El precio de la represión ha sido alto. Las cifras de suicidio masculino y los problemas de salud mental muestran que muchos hombres han carecido de espacios seguros para mostrarse humanos. Reconocerlo no es un acto ideológico; es un acto de justicia, de cuidado, de supervivencia emocional.

Ser bueno ya no es débil. Participar en las tareas domésticas, ejercer una paternidad presente, construir relaciones basadas en respeto y corresponsabilidad: todo esto redefine el ser hombre. No hay dogmas ni recetas únicas. La nueva masculinidad no reemplaza un estereotipo por otro; libera. Hablar de “masculinidades” en plural reconoce la riqueza infinita de experiencias, contextos y emociones que conforman la identidad masculina.

Es, sobre todo, una invitación a la reflexión. A abandonar mandatos que aprietan como cadenas invisibles. A abrazar una libertad que dignifica. El desafío es grande: permitir que los hombres crezcan plenos, humanos, completos. Que construyan relaciones justas y afectivas, que encuentren en la ternura, la empatía y la vulnerabilidad una fuerza renovada.

El debate sigue abierto. Algunos lo celebran como urgente y necesario; otros lo cuestionan, lo temen o lo desprecian. Pero lo cierto es que esta polémica ya forma parte del paisaje social del siglo XXI. Y la manera en que evolucione definirá, durante décadas, cómo se viven las relaciones, cómo se sienten los hombres y qué horizontes de libertad se abren para todos.

Formo parte de una empresa, la RTPA, donde las mujeres son mayoría. Su presencia no se limita a ocupar espacios, los redefine con sensibilidad e intuición. Trabajar junto con compañeras es un privilegio, los desafíos dejan de ser obstáculos para convertirse en puentes hacia un crecimiento colectivo. Donde están ellas hay muchas posibilidades de entendimiento, los problemas se afrontan en conjunto con educación y realismo.

Incluso para quienes somos varones, este entorno mayoritariamente femenino no solo resulta cómodo, sino profundamente estimulante. Un espacio ideal para modular también la nueva masculinidad.

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