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Pato cojo

Sobre una expresión poco atinada

Ignoro por qué se utiliza la expresión "pato cojo" de una forma despectiva para aludir al político cuya estrella se va apagando por acercarse el final de su mandato, me imagino que procederá de alguna gilipollez norteamericana.

Preciso es, cuando se vive la hora aflictiva para los patos y para los cojos, restaurar su fama y devolverles su esplendor.

Porque el pato es un manjar exquisito cuando se le marida, por ejemplo, con la naranja, lo que da como fruto el "pato a la naranja" que se sirve en ágapes de gala, allí donde se mezclan las excelencias, los inmortales y los bonetes episcopales. Saber cocinar un pato en salsa de setas es una filigrana de las que no tienen fronteras, de las que producen alegría y una animación ecuánime, satisfactoria y delicada.

El pato es pues animal que, por exigir respeto, no admite ante él actitudes fanáticas, ni la hipérbole de la intolerancia o del extremismo. El pato, cocinado, hay que elogiarlo ya que es un maestro en ofrecernos finura y un punto de ceremonia profesoral, pienso que para comerse un pato manejado con cariños en la cocina es recomendable vestirse de forma discretamente elegante y hago hincapié en el adverbio. Acompañado de un vino ligero y virtuoso transporta a los espíritus sensibles a uno de esos sopores evocadores y burlones que es lo que se llama, entre los teólogos, el Cielo.

La devoción al pato siempre dará, se lo digo yo, querido lector / a / e, resultados albriciados.

Pues ¿y el cojo? Un ser adorable, la historia está preñada de cojos indispensables, entre ellos nada menos que don Francisco de Quevedo. Un cojo que escribía, no con pluma, sino con puñal. Que es el instrumento adecuado, sobre todo en esta España que siempre ha acogido, y más en esta hora progresista, a una sobrepoblación de golfos.

Si, provistos de la pértiga del tiempo, nos trasladamos al siglo XX, nos encontramos con Miguel Mihura a quien dejaron de pequeño una pierna chula.

–Hoy tengo mala la pierna buena - solía decir los días en que apenas podía caminar.

A Mihura hay que releerle siempre, más cuando el entorno es rico en memos axiomáticos y gentes que cultivan una ignorancia dolorosa.

En una entrevista, el periodista le preguntaba si era "de derechas o de izquierdas".

Tampoco es que la pregunta fuera muy ingeniosa, pero Mihura aprovechó para explicarle:

–Mire usted yo soy como esos discos que por un lado tienen una melodía dulce y por el otro una tabarra. Depende de qué lado me pongan.

Y siguió, agudo y lúcido:

–De la misma manera que hay temporadas en que soy rico y otras en que soy pobre, días que los paso en pura pereza y días que me acabo de un tirón un acto de una obra teatral o días que soy bueno como un ángel doméstico y otros que soy malo, versión feroz.

¡Qué diferencia del botarate que se define de derechas o de izquierdas las veinticuatro horas del día los tresciento sesenta y cinco días del año!

Peor: ¡cuánta distancia del miserable que ha construido un muro para aislar y encerrar a unos y a otros!

"No es posible que esté de continuo el arco armado" leemos, como aviso a navegantes, en el Quijote.

Hagamos pues un corte de mangas al tarugo, disfrutemos del pato y reverenciemos al cojo.

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