Opinión
Figurantes
Asturias como decorado de otros intereses
Esta semana, en una sidrería, un camarero sudamericano me escanció una botella con la maestría de quien lleva años haciéndolo. Su mujer cuida mayores y limpia casas. Tienen una niña en un colegio de Pumarín. Gente que viene, se queda y cuida de nuestros mayores. Que cuidará de nosotros.
Una hija de un amigo, ingeniera, trabaja en el diseño de radares militares para una empresa que anuncia inversiones relevantes en Asturias.
Asturias, por primera vez en mucho tiempo, presenta indicios de mejora. Tímidos, frágiles, pero reales. La inmigración compensa parte de la hemorragia demográfica y el consiguiente envejecimiento. Hay inversiones industriales en el horizonte. Algo se mueve. Después de tantos trenes perdidos, parece que otro se acerca a la estación. Nadie lo vio venir.
Estamos a un año de las elecciones autonómicas y lo que se avecina no es un debate sobre cómo subirse a ese tren. Es una guerra por delegación: consignas fabricadas fuera, aplicadas aquí como si Asturias fuese un decorado y nosotros los figurantes, pagando la entrada.
El presidente Barbón y el presidenciable Queipo son los dos candidatos con posibilidades de gobernar. Ninguno sacará mayoría absoluta. Uno necesitará a la izquierda radical para sumar. El otro, a la extrema derecha. Los mismos que ya condicionan la política nacional aterrizarán en Asturias para secuestrar una agenda que debería ser solo nuestra.
Dos ejemplos bastan. La inmigración, que nos está ayudando, se demoniza aquí por una derecha sucursalista que importa un discurso ajeno. Asturias no tiene un problema de inmigración. Tiene un problema de despoblación y de envejecimiento. Confundir ambos es letal para nosotros.
Y enfrente, simétrica, una izquierda maximalista estigmatiza la oportunidad de reindustrialización que traen las inversiones europeas en defensa. Hay fondos en una ventana que no se abrirá dos veces. Pero aquí preferimos el purismo ideológico a las nóminas.
Zweig describió en "El mundo de ayer" cómo la Viena prometedora de principios del siglo XX se destruyó a sí misma porque nadie frenó a los extremos. Ellos gritaban más alto que la mayoría. No porque la mayoría no existiera. Existía. Pero callaba. Suena lejano. No lo es.
Eso es lo que nos espera si aceptamos el guion: acabar rehenes de uno de los extremos. Y perder otro tren. Uno más.
¿Será que nos tenemos que resignar? En otro tiempo hubo quienes hicieron posible el diálogo. Centristas. Asturianistas. El Foro post-Cascos, ahora engullido. Incluso a veces la versión institucional de IU.
Esta vez parece que no hay alternativa. Porque exige algo que aquí escasea más que la natalidad: liderazgo sin correa. Un presidente o un candidato capaz de plantarse y decir que las prioridades del Principado no se van a negociar en los despachos de Vox. Ni en los de la izquierda todavía sin nombre. Que Asturias es demasiado pequeña y demasiado frágil para el lujo obsceno de la polarización. Que los brotes verdes que al fin asoman necesitan riego, no helada.
La ingeniera espera la inversión para volver a casa con un sueldo decente y una carrera profesional. El camarero todavía no vota. Pero trabaja, cotiza y está criando a una asturiana. Más de lo que harán algunos de los que decidan su destino.
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