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El acebo de Colombres

Memorias de los veranos frente al Cuera

El pradín estaba resguardado del norte por una casa sin pretensiones. Próxima a la fachada abrigada había una mesa con sillas desparejas, y desde allí se dominaba el Valle Oscuru, cerrado por la preciosidad de la Sierra del Cuera.

Gregorio Morán, Goyo para los próximos, ovetense, escritor y articulista brillante, vivía en Barcelona, y el día de finales de primavera elegido subía al avión en El Prat -era de esos raros que no tienen coche- y volaba hasta Parayas, el aeropuerto de Santander, donde lo esperaba el taxista de Colombres, y en un mercedes propio de un torero, se trasladaba a la casina que miraba al Cuera.

"Hasta setiembre", decía al chófer. Y en aquel rincón pacífico y soleyeru, solo o con su compañera, llenaba sus días escribiendo la obra que tocaba. Salía poco, alguna escapada a la inaccesible playa de Bendía, que tanto le recordaba a Robinsón Crusoe. "Un lugar incomparable para entregarse a los amores", decía. O a tomar algo a "La Barata", entreviendo entre los tilos la torre azul del Archivo de Indianos.

En la mesa de la casina, con una botella de agua mineral y unos vasos, Goyo reunía a amigos -pocos- y narraba como nadie. Uno de sus compañeros habituales era Jerónimo Granda, que no le iba a la zaga en conversación. El último libro, las contradicciones de Aristóteles, la peineta de la Martirio, aquellas hormigas tostadas comidas en México... Momentos sencillos de un lujo ilimitado.

Tuve la fortuna de asistir a algunas de aquellas tardes.

"Carlos, me preocupa el acebo, ya lo ves, muy curiosu pero no da frutos; ¿será macho?", "No, es hembra; no tiene estambres. Solo que todavía no encontró mozu". Cualquier cosa era buena para sacarle jugo a la calma de aquellos momentos.

Pero Morán, no era solo un gran conversador; era una persona de carácter firme. De hijo de la panadera de la calle Covadonga, estudiante en los Dominicos, había pasado a ser un activo comunista en los años duros... Hasta que descubrió las dobleces del partido. Y actuó en consecuencia: escribió uno de las publicaciones mas aclaratorias del envés de la trama del PC: "Miseria y grandeza del Partido Comunista", una obra de lectura fundamental. Y es que en sus libros el denominador común era la independencia. En ellos estudiaba con rigor de cirujano a personajes y momentos históricos. Todo iba saliendo de su pluma en aquella casina de Colombres. Sobre todo brillaban sus "Sabatinas intempestivas", en "La Vanguardia", periodismo tres estrellas michelín, documentos insustituibles, por su calidad e independencia, para entender nuestro país, y la prueba del algodón de su rectitud, pues no titubeó en seguir a su paso en los momentos álgidos del movimiento independentista, a pesar de jugarse –y perder– el pan.

Gregorio Morán acaba de morir, tras una intervención quirúrgica complicada. Rozaba los ochenta años. Toca por tanto verlo como es: el proceso natural; somos finitos. Pero no es el momento de la muerte lo importante, sino lo sembrado en la vida. Todos nos vamos, pero los grandes dejan su cosecha. Hace poco pasé por Colombres. Vi el acebo; estaba cargado de frutos rojos. Y es que la vida sigue. Y Gregorio Morán en ella.

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