Opinión
Sobre el lenguaje de los políticos
Las evasivas como forma de dar la cara ante la ciudadanía
Inmaculada González-Carbajal García es presidenta de la Fundación El Pájaro Azul
Un periodista hace una pregunta muy concreta a una ministra y ésta responde con otro tema. El periodista vuelve a insistir en el asunto que ha planteado, pero ella le impide seguir hablando y le dice con voz de mando: ¡escúcheme! y prosigue con su discurso en la más pura línea del absurdo: ¿Dónde vas?... Manzanas traigo.
Es evidente que algunos políticos y políticas, cuando hablan o tratan de explicar sus propuestas, lo hacen de una forma un tanto peculiar, tanto es así que, al escuchar sus argumentos surge una pregunta fundamental: ¿de verdad se creen que somos idiotas? Se comportan como si fuéramos incapaces de detectar las groseras argucias con las que intentan justificar lo injustificable o desviar la atención de quien escucha, por derroteros que nada tienen que ver con el tema que se está tratando. Pero no se trata de errores retóricos sino de una estrategia deliberada. Si bien, es verdad que no tenemos políticos o políticas con la altura intelectual y ética necesaria para articular discursos que aporten reflexión y sentido y es por ello, que sus intervenciones están cargadas de soflamas ideológicas, insultos y continuas descalificaciones, generando un ruido mediático que aleja el debate público de los verdaderos problemas e intereses de la ciudadanía.
El problema es que estos discursos no solo subestiman la inteligencia de la población, sino que revelan un profundo desprecio por ella. Se habla como si la ciudadanía fuera un sujeto pasivo, incapaz de relacionar hechos, de recordar promesas incumplidas o de identificar contradicciones evidentes. En ocasiones, la manipulación es tan burda que roza lo ridículo, pero aun así se insiste en ella con una mezcla de soberbia y cinismo, confiando en que la repetición constante de un determinado relato acabe imponiéndose sobre la razón. Se sustituye el debate por la propaganda y el lenguaje se convierte en una herramienta para ocultar errores, desviar responsabilidades o ganar tiempo.
Esta forma de comunicar parte de la falsa premisa de que la gente terminará aceptando la historia que se les presenta y el problema es que, estas prácticas contribuyen a erosionar la confianza en las instituciones democráticas.
Cuando la ciudadanía percibe que se la trata como si fuera incapaz de entender lo que hay detrás de estos discursos, se produce el desencanto y la desafección, porque quienes dicen hablar en nombre del pueblo, lo hacen vaciando de contenido sus palabras.
Cuando el discurso se construye desde el desprecio por la inteligencia de la ciudadanía, deja de ser una herramienta democrática para convertirse en un mecanismo de manipulación y quien necesita tratar a la población como si fuera menor de edad, demuestra su incapacidad para defender sus decisiones con argumentos sólidos. Las consignas vacías y los ataques personales son síntomas de mediocridad política, y los discursos ininteligibles constituyen un insulto a la inteligencia de quienes escuchan y una evidencia de la carencia de rigor de quienes los pronuncian.
Una democracia se erosiona lentamente cuando se normaliza que sus gobernantes mientan, insulten al adversario o manipulen a la ciudadanía y esto pone en evidencia un sistema que tolera que el poder se ejerza sin responsabilidad ni respeto por la gente.
La población es capaz de comprender la complejidad de los problemas. La inteligencia colectiva no tiene que saberlo todo, pero reconoce cuando se la quiere engañar y cuando el discurso político trata de ocultar la manipulación, lo único que aporta es desinformación y ello evidencia la ausencia de ética en quienes ejercen el poder y tienen la responsabilidad de gestionar la buena marcha de un país.
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