Opinión
Hiperconectados e hipercansados
Quién no experimentó, a comienzos de siglo, cierta sensación de plenitud y de aventura al contactar por primera vez con alguien que estaba al otro lado de la pantalla, tal vez en otro país o incluso en otro continente. Estar "conectado" en esa nueva conquista de las Américas era sinónimo de estar a la última, de ir a lomos de la modernidad.
Más de dos décadas después, el exceso de conectividad se ha convertido en un serio problema. La IOSH Magazine, revista que aborda temas como el bienestar laboral o el desarrollo profesional, publicó el año pasado un estudio, "Always on, always tired: why digital fatigue is an emerging OSH risk", en el que dejaba claro que la hiperconectividad se ha convertido en un riesgo emergente para la salud. Esa pulsión por estar siempre disponible, en todo momento –y el adverbio "siempre" en algunas personas no es una exageración–, sea por estar bien informado o por miedo a perdernos algo (el famoso FOMO), provoca agotamiento y problemas de salud mental.
El uso de las pantallas, tan generalizado, se ha convertido en un arma de doble filo. Por un lado nos permiten acceder a la información, encontrar ofertas de trabajo o comprar un billete de tren, preservar relaciones con seres queridos que no viven en nuestro entorno o permitirnos echarnos unas risas con el último vídeo viral. Pero todo tiene un precio: convivimos con mayor estrés, somos menos productivos y nos cuesta separar la vida personal del trabajo.
Quizá haya que asumir, en línea con los pesimistas profesionales, que el hombre se ha convertido en esclavo de su propia creación. Cada vez queda menos espacio para la lectura en silencio, la reflexión o la conversación. Nuestro subconsciente nos alecciona a creer que no estar conectado equivale a no estar.
Sospecho que el progreso tecnológico que nos ha traído hasta aquí fue menos arduo de alcanzar que lo que será liberarnos de él.
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