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El 23-F y el "Cara al Sol"

Una desclasificación que no aporta nada salvo una nueva ocurrencia del Gobierno

El Gobierno ha descubierto por fin el antídoto definitivo contra la ultraderecha: el reparto de fotocopias. Bastaba con desclasificar unos papeles del 23-F —cifra fetiche cada vez que conviene apelar al pánico— para que, según la iluminada explicación de la ministra Elma Saiz, los jóvenes dejen de cantar el "Cara al sol" por las esquinas como si se tratara de una coreografía falangista de camisas azules patrocinada por TikTok que salta de pantalla en pantalla.

La maniobra, presentada como un ejercicio de higiene democrática, tiene más de ambientador político que de revelación histórica. Pedro Sánchez, acosado por mayorías inestables, derrotas parlamentarias y un escudo social agujereado, ha decidido resucitar el 23-F como quien agita una estampita para espantar al diablo. Nada distrae tanto como convocar al sindicato de hombres del saco.

El objetivo de Moncloa no era esclarecer el ayer, sino oscurecer el hoy. Llenar tertulias y titulares con el comodín antifascista mientras los asuntos realmente incómodos —los que exigen datos, explicaciones y responsabilidades—quedan fuera de plano. La desclasificación de marras, hecha al amparo de una ley franquista de 1968, resulta extravagante: combatir a Franco con sus propias normas.

Si algún chaval canta hoy el "Cara al sol" no dejará de hacerlo por lo que está escrito en unas fotocopias. Y si el Gobierno cree lo contrario, el problema ya no es la memoria histórica, sino la pérdida de memoria política a corto plazo. El 23-F es pasado; lo que sigue sin aclararse es el presente.

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