Opinión
Asturias de mis amores, Asturias por mil razones
La necesidad de un proyecto ambicioso más allá de consignas y de la mera resistencia de una tierra orgullosa de sí misma
Hay territorios que no necesitan elevar la voz para afirmar quiénes son. Asturias es uno de ellos.
El orgullo de pertenencia, cuando es auténtico, no impone ni excluye, sino que integra y comparte. La identidad, cuando está segura de sí misma, no compite: coopera. Es, al contrario, una afirmación generosa. Sin implicar repliegue identitario.
Se expresa cuando una comunidad cuida su lengua sin imponerla, protege su paisaje sin "museizarlo" y celebra su cultura sin convertirla en trinchera.
Asturias demuestra ese orgullo cuando impulsa la lengua asturiana como activo cultural y educativo abierto. O cuando el patrimonio natural se convierte en economía sostenible, combinando conservación, turismo de calidad y empleo local.
Frente a los discursos que confunden arraigo con ensimismamiento y nostalgia, cabe defender una propuesta distinta: inequívocamente asturianista, pero deliberadamente no nacionalista.
Una Asturias que se reconoce diversa y entiende la pluralidad como fortaleza cívica. Una cultura inclusiva donde tradición e innovación no compiten, sino que se potencian. Eso ocurre cuando la memoria industrial no se limita al recuerdo, sino que inspira nuevas industrias avanzadas, o cuando el medio rural deja de ser un decorado y se afirma como espacio vivo gracias a la conectividad digital, los servicios públicos y las oportunidades reales para emprender.
Ningún proyecto colectivo se sostiene únicamente sobre símbolos. La política útil empieza cuando se atreve a reformar. Le sentaría bien a Asturias un esperanzador programa económico: inteligente, realista y valiente, capaz de superar inercias, melancolías, excesos burocráticos y localismos excluyentes. ¿Qué significa eso en la práctica? Significa confiar en el tejido empresarial, apostar por el talento joven con incentivos al retorno; por priorizar la innovación en lugar de blindar modelos agotados; por acelerar una transición energética bien diseñada, que genere empleo industrial y no solo consignas, y por convertir la economía del conocimiento en una prioridad tangible mediante una cooperación efectiva y leal entre universidad, empresa y administración pública.
Significa entender que la destrucción creativa, basada en la innovación y en la rápida sustitución de modelos obsoletos por otros emergentes, es un gran potenciador del crecimiento.
Prosperar con sentido implica elegir. Elegir que la digitalización no sea solo tecnológica, sino también social, con formación continua y recualificación profesional. Elegir que el mundo rural no sea exclusivamente una escena pintoresca, sino un espacio habitable, conectado y con nuevos usos productivos. Elegir, en definitiva, que llegar a fin de mes sea tan importante como deseable es llegar al fin del mundo.
La prosperidad auténtica es la que se reparte y se mide en cohesión social. Políticas públicas que refuercen la sanidad, la educación y los cuidados, gestionando el gasto público con respeto absoluto al esfuerzo de los contribuyentes; que sostengan a las clases medias y protejan a quienes más lo necesitan sin caer en asistencialismos que cronifican la dependencia. Una Asturias moderna, fiel a su carácter solidario, no deja a nadie atrás, pero exige que todo el mundo se comprometa, porque sabe que el progreso fracturado es pan para hoy y conflicto para mañana.
Este enfoque reformista exige audacia y honestidad políticas. Exige abandonar trincheras ideológicas cómodas y apostar por soluciones eficaces, evaluables y abiertas al acuerdo. Gobernar bien no es imponer una visión, sino articular un propósito común. En Asturias, ese propósito pasa por reconciliar crecimiento económico con justicia social, identidad cultural con apertura, ambición con humanidad. Pasa por ofrecer a la juventud un proyecto vital y profesional que no les empuje a la desesperación y a la desafección y por recomponer unas clases medias demasiado tiempo abandonadas.
"Asturias de mis amores" no debería ser solo una consigna sentimental, sino una declaración de compromiso. Con quienes trabajan, con quienes emprenden, con quienes cuidan y con quienes crean. La afirmación de que, al final, no somos lo que decimos sino lo que hacemos. Una invitación a pensar Asturias no como un problema que gestionar, sino como un proyecto esperanzador e ilusionante que construir entre todos.
Es ser una comunidad fiel, leal y solidaria en sus relaciones con el Estado, pero que no admite componendas a la hora de exigir sin tutelas de ninguna clase la financiación y las infraestructuras que en justicia y ética le corresponden.
Hay mil razones para amar esta tierra y, hoy más que nunca, hay más de mil razones para transformarla con inteligencia, justicia y determinación.
Hablar hoy de Asturias no debería ser hablar de resistencia, sino de ambición compartida; no de melancolía, sino de proyecto.
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