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Alba González sanz

Para que no se repita la transfobia

Una reflexión sobre la ley LGTBI asturiana

Si aceptamos que la Historia no se repite, aunque a veces rime y de pronto se nos instalen en el cuerpo la alegría o la pena, entonces la tramitación de la ley LGTBI asturiana no será un calco de lo que vivimos en el Ministerio de Igualdad liderado por Irene Montero durante la pasada legislatura.

Nadie afirmará que se pone en duda la identidad de un millón de asturianas y asturianos, generando una suerte de pánico existencial. Tampoco habrá fotografías con Álvaro Queipo en una salita de la Xunta, fiando las futuras políticas feministas al Partido Popular. No sucederán deshumanizaciones de las personas trans cuya más directa consecuencia sea mullir el camino de la violencia de los homófobos, por lo demás fascistas, contra el eslabón más desprotegido de la cadena de las, los y les vulnerables. No leeremos cuentos de terror sobre hombres con peluca que nos violan en los baños o usos manipulados de la realidad deportiva. No veremos activarse el pánico moral con mentiras tan flagrantes como que la norma va a hormonar a la infancia, que es exactamente lo que la ley impedía. No estableceremos la policía de la sospecha genital, que las niñas tildadas de marimacho toda nuestra vida observamos desconcertadas y con pasmo. No reduciremos a broma el proceso de cambio de sexo registral, jaleando a cualquier descerebrado dispuesto a su ratito de gloria en prime time. No asustaremos a las víctimas de violencias machistas haciéndoles creer que su agresor se librará fácilmente, cuando precisamente la norma, en ese punto exacto, no exonera la responsabilidad penal previa al cambio. No giraremos el debate público hacia la comunidad LGTBI ignorando mientras tanto las violencias cotidianas, sistémicas, que nos hermanan por encima de unos peligros que, a ley estatal aprobada, no han acontecido.

Si aceptamos que la Historia no se repite, aunque a veces rime y de pronto se nos instalen en el cuerpo la alegría o la pena, entonces la tramitación de la ley LGTBI asturiana tendrá una firme barrera de defensa de los Derechos Humanos en el Presidente, aunque de su partido o de su coalición se eleven voces que le aconsejen no quemarse o no hacer ruido. Entonces una comunidad baqueteada por legislaciones penosas, olvidada en los procesos de la llamada transición democrática, con una memoria por reconstruir, verá dignificados los cuerpos de las suyas, los suyos y les suyes después de cárceles, de palizas, de muertes y de miedo.

Entonces, aunque escuchemos barbaridades en la sede de la soberanía del pueblo asturiano, habrá un día de fiesta, una votación que será un sí a la vida, un abrazo arcoíris y una explosión de júbilo de todas, de todos y de todes. Entonces sabremos que, aunque no pertenezcamos a la comunidad LGTBI, todas ganamos porque ensanchar los Derechos Humanos es el principio rector de las democracias republicanas, aunque el mundo actual se obstine en la barbarie. Si aceptamos que la Historia no se repite, aunque a veces rime y de pronto se nos instalen en el cuerpo la alegría o la pena, entonces la tramitación de la ley LGTBI asturiana será un motivo de orgullo colectivo, de agradecimiento a quienes pusieron el cuerpo, de esperanza en futuros en los que vivir sea posible sin violencia, porque habremos sido capaces, como sociedad democrática, de escoger dignidad.

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