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El hijo del cura

La sucesión hereditaria en el Irán de los ayatolás

En la República Islámica de Irán, donde Dios vota para que siempre gane la misma lista, la sucesión se parece a una monarquía de sacristanes. Muerto el padre, le sucede el hijo. Así ha ocurrido con Mojtaba Jameneí, flamante líder supremo por herencia espiritual, administrativa y policial. Se trata de la versión chií de “El hijo del cura”, esa película casposa de Ozores con Fernando Esteso en el papel estelar de clérigo atolondrado.

El nuevo líder de los ayatolás muestra un currículum discreto pero eficaz: años de sombra en la Beit, esa “Casa del Líder” que su padre, Alí Jameneí, convirtió en un Estado dentro del Estado, con más espías que monjes y más guardias que teólogos. Allí, Mojtaba aprendió que la fe es importante para sujetar las bridas de un país, pero la Guardia Revolucionaria lo es más. La teología se discute; la porra convence.

Ya en 2005, cuando Mahmoud Ahmadinejad apareció como conejo electoral de la chistera, el derrotado Mehdi Karroubi señaló al hijo del ayatolá como hábil manipulador del milagro. Los periódicos que lo publicaron duraron menos que una homilía crítica.

La historia se repite: Ruhollah Jomeiní ya había dejado la Beit en manos de su hijo Ahmad, y ahora la saga Jameneí perfecciona el modelo. El islam de los sabios cede paso al islam de los vástagos. El Estado se hereda como si fuera una finca rústica.

Al final, la revolución que prometió derribar tronos acabó fabricando cunas. Cambió la corona por el turbante, la sangre azul por la genealogía piadosa. Y así, en nombre de Dios, Irán descubrió que el nepotismo también se reza.

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