Opinión
Javier Gil
El guardián de la esfera pública
Un recorrido por la teoría política del discípulo de Horkheimer y Adorno
Discípulo y heredero de Horkheimer y Adorno, pero también de Marcuse y Abendroth, Jürgen Habermas se erigió en el principal representante de la segunda generación de la Escuela de Fráncfort. Como tal figura emblemática de la teoría crítica de la sociedad, desarrolló de manera ininterrumpida una formidable carrera académica desde finales de los años 50 del siglo pasado, la cual compaginó con su potente presencia como intelectual público que intervino en numerosos debates políticos y culturales en Alemania, pero también en el ámbito europeo y a la postre mundial.
Durante esas siete décadas, la influencia de sus ideas sobre varias generaciones de teóricas de muy diversas disciplinas y sobre intelectuales y activistas de todo el mundo ha sido inmensa. Empeñado siempre en articular en sus principales obras la teoría normativa y análisis empírico, Habermas se hizo célebre, entre otras aportaciones, por su teoría de la acción comunicativa, su ética del discurso y su teoría de la democracia deliberativa. Desarrolló en los años 70 una teoría de la racionalidad comunicativa que ponía en el centro el entendimiento mutuo entre agentes capaces de cooperar y que vinculó a una teoría de la modernidad que comportaba la defensa de las promesas no cumplidas de la ilustración. En este contexto se embarcó en los años ochenta en una sofisticada crítica a las indeseables derivas teóricas y políticas de los pensadores postmodernos. Elaboró también por entonces, en sintonía con su colega y amigo Karl-Otto Apel, una ética del discurso que hacía depender la validez de las normas de los acuerdos revisables entre las partes comprometidas en aclararse mutuamente sus posiciones mediante argumentos.
A comienzos de los años 90 presentó su teoría de la democracia deliberativa, uno de cuyos puntales consiste en la defensa de que la legitimidad democrática del poder político –y, a la postre, la propia estabilidad de las democracias existentes– depende de los procesos deliberativos abiertos en la esfera pública, la cual funciona como una mediación entre la sociedad civil y el sistema político. Esa influyente teoría, que Habermas mantuvo y enriqueció durante las tres últimas décadas, reelaboró una concepción acerca de la esfera pública que presentó inicialmente en su primera gran obra, publicada en 1962.
No deja de ser irónico que la última obra importante de Habermas, aparecida justamente 60 años después, haya analizado cómo el nuevo "cambio estructural" de la esfera pública, ligado a la digitalización de la comunicación política y a la transformación del sistema mediático y del sistema político, está erosionando las condiciones de la democracia deliberativa. Igualmente irónico resulta que el autor que se caracterizó por su defensa enérgica y no derrotista de los logros e ideales democráticos, europeístas y cosmopolitas, en sus últimos años claudicara al constatar el progresivo declive de aquellos logros e ideales a los que había dedicado su vida entera.
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