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Lemas y dilemas

Los argumentos tramposos del "no a la guerra"

El no a la guerra disfraza un argumento tramposo. Convertido en consigna moral absoluta, el eslogan pretende clausurar cualquier matiz y expulsar del debate público a quien no se someta a su simplificación. La mayoría de las personas razonables y de buena fe rechazan la violencia bélica como método ordinario de resolución de conflictos. Pero esa aversión general no equivale a un pacifismo acrítico ni a aceptar el marco simplista del blanco o el negro: o estás contra la guerra o estás a favor. La realidad internacional, por desgracia, rara vez admite consignas tan cómodas. No vale el lema si hay dilema.

Una mayoría de la ciudadanía de Israel apoya el ataque contra Irán. ¿Por qué? Porque no se trata de una amenaza abstracta ni retórica. Irán ha proclamado reiteradamente su voluntad de borrar a Israel del mapa y trabaja, además, para dotarse de la capacidad material de hacerlo. Ante ese oscuro horizonte, la percepción de riesgo existencial pesa más que cualquier apelación genérica al pacifismo.

Si Irán quedara desarmado y su programa nuclear aniquilado, la amenaza desaparecería. Constatar esta evidencia no implica bendecir la acción militar ni ignorar sus costes humanos, políticos y jurídicos. Significa, simplemente, reconocer que hay decisiones trágicas en las que ninguna opción es moralmente limpia. Negarse a reconocer esa complejidad, refugiándose en consignas, no es una postura ética superior: es una forma de irresponsabilidad intelectual. Y en política, como en los viajes, no siempre el trayecto más corto es el más sensato, ni el billete de ida el más prudente si no hay opción de vuelta.

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