Opinión
Ignorancia y postverdad: regreso a la tribu
Los peligros de la sobrecarga informativa en las redes y la preponderancia de la adhesión emocional al análisis de los hechos
Nunca supimos tanto y entendimos tan poco: no por falta de información, sino por saturación. Discutir se ha vuelto trivial y razonar, excepcional. Basta asomarse a una barra de bar, a un grupo de WhatsApp o a los comentarios de cualquier noticia digital: en pocos minutos se pasa del dato al recelo; del recelo, a la trinchera. En la llamada "era del conocimiento" prospera una ignorancia distinta: no la de quien carece de acceso, sino la que se fabrica entre titulares, prisa y algoritmos.
La postverdad no necesita grandes conspiraciones: le basta con un pantallazo y un tono seguro. El mensaje promete certezas rápidas y la realidad –más lenta y compleja– pierde casi siempre la carrera.
Lo cercano no nos vacuna; a veces nos contagia antes. En Asturias también lo padecemos: basta un rumor para poner la maquinaria en marcha –sanidad, incendios, una obra polémica, el último chisme de barrio o de concejo–. Alguien lo dice, muchos lo reenvían y, cuando llega la duda, ya es tarde: la verdad va a pie; el bulo, en moto.
La sobrecarga informativa nos empuja a un analfabetismo selectivo. Entre miles de estímulos, atendemos sobre todo a lo que confirma lo que ya pensábamos: el titular que nos da la razón o el corte de vídeo sin contexto. El resto –lo incómodo, lo matizado, lo que obliga a corregirse– se aparca. La ignorancia ya no nace de la escasez, sino de un exceso mal digerido.
Con ese caldo de cultivo crece la postverdad: cuando los hechos importan menos que la adhesión emocional. No es que falten datos: es que han perdido prestigio. Pesa más lo que "siento" que lo que ocurre; más lo que me identifica que lo que puede demostrarse. Las redes sociales, con su velocidad y su recompensa inmediata, lo aceleran todo: lo que indigna se comparte; lo que explica se deja atrás.
Un vídeo viral suele tener una voz anónima que combina datos reales con insinuaciones y termina diciendo que los medios lo ocultan. No aporta pruebas, pero sí pertenencia: quien lo comparte siente que está "despertando" a los demás. Se propaga menos por su calidad informativa que por su utilidad emocional.
No es un fenómeno inocente. Yuval Noah Harari insiste en una idea incómoda: buena parte de la información que circula no busca tanto la verdad como la cohesión o el control social. Para que una comunidad funcione necesita hechos verificables, sí, pero también relatos que la mantengan unida. El problema empieza cuando la seducción sustituye a la verificación; cuando el relato manda y los hechos estorban.
En ese marco, ignorancia y postverdad trabajan en equipo: la primera baja las defensas; la segunda ocupa el espacio. Y cuando el relato gobierna, la deliberación se convierte en ruido. Sin un suelo común de hechos compartidos, la política se vacía: la rendición de cuentas se vuelve ficción y el desacuerdo deja de ser político para convertirse en identitario.
Entonces ya no se discute: se obedece. Para probar lealtad al propio bando se termina comulgando con ruedas de molino. Los errores de "los nuestros" se excusan como contexto o manipulación ajena; los de "los otros" se exhiben como prueba definitiva de maldad. La política degenera así en antipolítica: identidades cerradas, alergia al matiz, desprecio del adversario y cualquier diferencia convertida en guerra cultural.
Hilary Putnam lo advirtió: "La falta de responsabilidad filosófica de una década puede convertirse en la tragedia política de las siguientes". Pensar sin rigor –llamar "verdad" a lo que nos conviene– tiene consecuencias. Hoy es tolerancia a la vaguedad; mañana, permiso para la mentira. Y cuando mentir no cuesta, acaba mandando quien grita. Y ahí está el giro: cuando dejamos de exigir pruebas el seductor relativismo filosófico pasa factura a la política.
Aun así, no estamos condenados. El antídoto no es épico, sino cotidiano: se resuelve con buenos hábitos. En lo personal: leer más y mejor, dudar a tiempo y contrastar, sobre todo cuando algo nos entusiasma o nos enfurece. Lo anticipó Albert Camus, la duda debería seguir a la convicción como una sombra. En lo colectivo: educación en pensamiento crítico, medios que premien el rigor y reglas del juego que no recompensen al que grita más.
En el horizonte aparece una nueva sinceridad: honestidad intelectual, respeto por los hechos y por el otro, y valentía para decir "no lo sé" o "me equivoqué" sin sentir que se traiciona al propio bando. Tomarse en serio la verdad sin caer en el fanatismo; tomarse en serio la duda sin refugiarse en el cinismo: una oscilación que algunos llaman metamodernidad.
Porque, en tiempos de ruido, la lucidez no es un capricho intelectual: es una obligación democrática. Empieza por algo humilde y radical a la vez: comprobar antes de compartir, pruebas antes que consignas y valentía para rectificar.
Sin una verdad compartida, no hay casa común; hay tribus, un estadio prepolítico donde ya no se discute para convivir, sino para imponerse.
Así entendido, la ignorancia (por exceso informativo mal digerido) y la postverdad no nos llevan a un futuro esperanzador: nos devuelven a la tribu.
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