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¿No a qué?

Lo que se vota rara vez coincide con lo que se proclama. Es más, casi nunca coincide. Ahí tienen el ejemplo de Castilla y León, que ha vuelto a recordarlo de manera clara. Mientras desde la izquierda se agitaba el "no a la guerra" –consigna tan noble como difusa en provincias como Soria, Zamora o Avila, a miles de kilómetros de cualquier frente activo–, el pulso real de las urnas parecía latir en otra dirección más prosaica y a la vez más reconocible, el "no a Sánchez".

No quiere decir esto que la paz haya dejado de ser un valor compartido, pero cuesta creer que el electorado rural y urbano de una comunidad pueda convertir un conflicto lejano en eje central de su decisión. Al contrario, la política doméstica, el desgaste del Gobierno central y la percepción acumulada del fracaso siguen pesando más que cualquier apelación geopolítica, por muy moralmente justificada que resulte. Y es lógico que así sea. El hecho de que el PSOE no se haya derrumbado en esta ocasión, como en las dos anteriores de Extremadura y Aragón, admite una lectura menos épica, y es que la falta de un candidato con verdadero conocimiento público limita tanto la recompensa como el castigo. Si en vez del alcalde de Soria, el aspirante socialista hubiera sido el ministro de Transportes a estas horas presumiblemente estaríamos hablando de una nueva debacle electoral.

Además, el "no a la guerra", en clave partidista y de andar por casa, suena a eco selectivo. Más que una impugnación coherente de todos los conflictos bélicos, parece una interpelación dirigida a determinadas guerras y liderazgos, como es el caso de Irán y Donald Trump. Entretanto, conflictos más cercanos a Europa, con consecuencias tangibles en energía, economía o seguridad, quedan en un segundo plano discursivo. La credibilidad internacional se construye con coherencia y compromiso, no con eslóganes. Lo saben en Soria y, también, en Segovia.

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