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La geopolítica del subsuelo

El petróleo aún gobierna la economía mundial y la hace zozobrar

Los gurús tecnológicos nos vendieron que los datos serían el petróleo del siglo XXI, pero bastó abrir un agujero en la superficie del presente para comprobar que el mundo no se gobierna con servidores y algoritmos sino con barriles y gasoductos. Creíamos que el porvenir estaba en la nube y resulta que sigue bajo tierra.

Donald Trump juró enterrar las guerras y acabó convirtiéndose en señor de todas las batallas. La paz, según esta lógica, se impone a base de sanciones, amenazas y operaciones “quirúrgicas” que siempre sangran. Estados Unidos no irrumpe donde hay crisis humanitaria, sino donde hay reservas estratégicas; Venezuela no es un país que aspira a ser libre, sino un yacimiento con himno.

El Estrecho de Ormuz es el interruptor del planeta. Cada tensión geopolítica lo convierte en una ruleta rusa energética: sube el petróleo, tiemblan las economías y se relativizan los principios. La moral internacional, como siempre, cotiza en función del Brent.

A Rusia se la castiga por aplastar a Ucrania, pero cuando el gas escasea, la ética se negocia. Putin no necesita aliados: le basta con que el mundo no pueda prescindir de su energía. Las sanciones se anuncian con solemnidad y se neutralizan con pragmatismo.

Aún hoy el poder real se cuece en el subsuelo. Estados adictos al petróleo, sorprendidos de que su dependencia no salga gratis. La transición energética se declama en las cumbres internacionales; la política real se decide en los pozos. Y cuando el recibo llega, no se paga con discursos, sino con principios, territorios y sangre.

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