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Nadie será sometido/a

La responsabilidad compartida de luchar contra la discriminación

Mercedes García Martínez es secretaria de políticas sociales de UGT Asturias

Hay frases que atraviesan el tiempo porque condensan una idea simple y poderosa de justicia. "Nadie será sometido a…". Así comienzan algunos de los principios más contundentes de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (París, 1948), un documento que marcó un antes y un después en la historia de la humanidad. Aprobada tras una de las etapas más oscuras del siglo XX, acabada la Segunda Guerra Mundial, su objetivo fue establecer un ideal común para todos los pueblos y naciones: reconocer que la dignidad humana debe situarse por encima de cualquier diferencia.

Por primera vez, la comunidad internacional fijó por escrito los derechos fundamentales que deben protegerse en todo el mundo. Entre ellos, una afirmación esencial: todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos. No es una declaración retórica. Es un compromiso ético y político que exige que las sociedades se construyan sobre el respeto mutuo, la igualdad y la fraternidad.

Sin embargo, décadas después de aquella proclamación, el racismo sigue siendo una realidad presente en muchas sociedades. No siempre adopta las formas más evidentes. A veces se manifiesta en discursos que señalan al diferente, en prejuicios normalizados o en barreras invisibles que limitan oportunidades. En otras ocasiones se traduce en discriminación abierta, violencia o exclusión social y de esto sabemos y sufrimos, especialmente, las mujeres.

Frente a esa realidad, la Declaración Universal es clara. Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona. Nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre. La esclavitud y la trata de personas están prohibidas en todas sus formas. Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes. Son principios que no admiten excepciones ni justificaciones.

La igualdad ante la ley es otro de los pilares fundamentales de este marco de derechos. Todas las personas tienen derecho, sin distinción, a la misma protección jurídica. Y todas tienen derecho a ser protegidas contra cualquier forma de discriminación que vulnere estos principios, así como contra cualquier incitación a dicha discriminación.

Pero la defensa de estos derechos no depende únicamente de leyes o tratados internacionales. También exige una actitud colectiva. El racismo no se combate solo en las instituciones; también se combate en la vida cotidiana, en la forma en que hablamos, en los estereotipos que reproducimos o en las desigualdades que toleramos sin cuestionarlas.

Por eso es fundamental tomar conciencia. Reconocer comportamientos que pueden fomentar el racismo es el primer paso para erradicarlo. A menudo, las discriminaciones más persistentes se sostienen sobre prejuicios invisibles o normalizados. Identificarlos y cuestionarlos es una responsabilidad compartida.

La historia demuestra que los avances en derechos humanos nunca han sido fruto de la pasividad. Han sido el resultado de la lucha, la valentía y la determinación de personas que decidieron no aceptar la injusticia como algo inevitable.

Personas como Rosa Parks, cuando en Montgomery (Alabama, 1955) se negó a levantarse para ceder su sitio en el autobús a un blanco, marcó un hito histórico para el inicio de la abolición del racismo y de las leyes discriminatorias en EE UU, Nelson Mandela (figura clave de la segunda mitad del siglo XX, abogado de derechos humanos, activista contra el "apartheid", preso de conciencia, pacificador internacional y el primer presidente elegido democráticamente de una Sudáfrica libre) o Ralph Bunche (primer afroamericano y persona de color en recibir el Premio Nobel de la Paz) simbolizan ese compromiso con la dignidad humana. Sus trayectorias recuerdan que el progreso social es posible cuando se combina la defensa de los derechos con la voluntad de transformar la realidad.

Hoy, más que nunca, ese mensaje sigue siendo vigente. Un mundo marcado por tensiones, desigualdades y discursos excluyentes, de forma descarada y utilizando las redes sociales, nos lleva a reafirmar que la igualdad entre las personas es una tarea imprescindible. No basta con recordar los principios de la Declaración Universal; es necesario aplicarlos, defenderlos y hacerlos efectivos.

Las personas afectadas por el racismo sufren discriminación en ámbitos fundamentales de la vida, como la educación, el empleo, la vivienda, la asistencia sanitaria y la protección social. Este impacto acumulativo del racismo tiene un efecto negativo en el acceso a la igualdad de oportunidades a lo largo de la vida de una persona, lo que va en contra de los valores de la UE y corroe el pilar europeo de derechos sociales, enfrentarse a esta lacra social promueve avanzar hacia una sociedad inclusiva y una economía social de mercado competitiva que garantice el empleo, unas condiciones de trabajo justas y la protección social para todas las personas.

Pero aún queda un gran camino por desbrozar, según datos extraídos del "Eurobarómetro de 2023: Discriminación en la Unión Europea", más de la mitad de los/as encuestados/as afirma que existe una discriminación generalizada en su país por ser romaní (65%), color de piel (61%), origen étnico (60%), identidad de género (ser transgénero, 57%) u orientación sexual (54%). Aproximadamente uno/a de cada cinco encuestados/as (21%) afirma haberse sentido personalmente discriminado/a o haber sufrido acoso en los últimos 12 meses. Las formas de discriminación o acoso más mencionadas se basan en la edad, el género, las opiniones políticas, la situación socioeconómica y la apariencia física general. Los espacios públicos y el trabajo son los principales lugares donde se produce la discriminación o el acoso.

Tenemos que ser conscientes de que el racismo no es solo un problema moral. Es también una amenaza para la convivencia democrática. Y combatirlo es una responsabilidad colectiva.

Cada uno/a de nosotros/as podemos contribuir a construir sociedades más justas. Todos/as tenemos responsabilidad en actuar frente a la discriminación, denunciarla o simplemente no mirar hacia otro lado. El cambio empieza cuando dejamos de esperar que otros solucionen los problemas y asumimos que la defensa de la dignidad humana nos incumbe de manera individual y también como sociedad. Por tanto, ¡ni un paso atrás!

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