Opinión | Inédito póstumo del que fue cronista del concejo saregano
Florencio Friera Suárez
De Sariego al mundo universo, una historia de mi pueblo

Florencio Friera Suárez, fotografiado en Sariego. / LUISMA MURIAS
El catedrático Florencio Friera Suárez falleció el 9 de julio de 2025. El pasado miércoles sus vecinos de Sariego le homenajearon poniendo su nombre a la Casa de Cultura. En esa ceremonia su familia compartió un inédito del historiador, un prólogo fechado en 2023 para un libro sobre su pueblo en el que llevaba años trabajando. El texto es un canto de amor a su tierra que LA NUEVA ESPAÑA reproduce hoy
Los de mi generación, los que nacimos en torno a 1945, cuando terminó la segunda guerra mundial y habían pasado seis años desde el final de nuestra guerra civil –de la que se hablaba con frecuencia en mi casa de La Piñera–, vivimos en los ámbitos rurales unas circunstancias irrepetibles. Asistimos al tiempo final de una cultura con tradición de muchos siglos atrás:
Nosotros ayudábamos a uncir el xugu al ganao de tiro, llendamos praos, pudimos d’aprender a catar, anduvimos a la yerba: conocimos les mañanaes de los segaores y hasta aprendimos a usar la gadaña y el gachapu, esparcimos los maraños, ficimos cucachos y balagares, atropamos col’angazu, ayudamos a meter la yerba en la tená; sabemos lo que yera el trabayu na tierra: anduvimos delante los gües o les vaques que tiraben del aráu, de la gradia o la semadora, vimos a les muyeres sallar y arrendar en andecha pa que creciesen el maíz y les fabes, asistimos a les esfoyaces… Y sentimos el dolor de la muerte d’dalgún vecín por una explosión de grisú en les mines cercanes de Lieres, Pumarabuele o Mosquitera... Nosotros vimos cómo se facía el pan en la forna, comimos boroña y tortes de maíz, espantamos a los gurriones pa que non comiesen les espigues del trigu de la tierra L’Umañu... Nosotros tovía llegamos a ver les tierres d´Espina o La Vega en San Román plantaes de cereales como la cebada o el trigo que se cultivaron en Sariegu desde munchísimos años enantes q’apaeciese el maíz. Y vimos horrios y paneres cargaes de riestres de maíz o de fabes a secar.
Y sabemos de lo duro que yera trabayar la tierra, pero también de lo bien que sonaben los carros cuando se yos poníen les galgues, y de lo bien que cantaben los mozos per los caminos de La Llomba cuando oyíamos el sonar d’una asturianá. Y xugamos a los bolos, y al pío campo, y al palíu, y a lirio-lario, y a los banzones, y al balón, y a les chapes...; y sabíamos que cada estación o cada mes, teníen’l so xuegu. Y bautizáronmos, asistimos al catecismu y ficimos la primera comunión, y fuimos a misa del alba y a les rogatives pa que lloviera y ayudamos al señor cura como monaguillos... Nos identificábamos no solo por el lugar donde vivíamos, del que yéramos –La Piñera, Rauxuán, El Renadal, Miares, La Felguera, Pedrosa, La Vizcaína, Acéu, Figares...– y la parroquia a la que pertenecíamos: San Román, Santiago, Narzana. Pero sabíamos que yéramos de Sariegu, una entidad superior que nos unía a todos dentro d´Asturies y d´España, y del mundo universo.
Del mundo universo... porque sabíamos de familiares o amigos nuestros q’estaben en América – –Cuba, Buenos Aires, Venezuela, México…– o que, pasados los años, tomaron el camín d’Europa: Alemania, Holanda, Francia, Suiza...
Mi afición a la historia, a la historia de mi pueblo, arrancaba de todo eso. De un sentimiento muy fuerte de ser de Sariego, porque me fascinaban y me sigue fascinando su paisaje: La Llomba, El Repodrizu, El Rebollalón, el Ñora, Careses –ya menos–, el Picu Fariu, la Cueva les Xanes; y disfruté con la charla e informaciones de muncha xente, homes y muyeres.
Pues bien, después de tener mi título de Licenciado en Filosofía y Letras (sección de Historia), que entendí como complemento necesario al de Maestro de Enseñanza Primaria, consideré que al ejercicio de mi profesión, primero como maestro de primeras letras y después como profesor o catedrático de enseñanza media y en la Escuela de Magisterio, era preciso añadir la condición de investigador. Creo recordar que hacia el verano de 1974 empecé a consultar los libros que se conservaban en el archivo parroquial de Sariego.
Decir de aquello que era un archivo es, sin duda, un eufemismo. Se trataba de una multitud informe de papeles y libros entre los que destacaban un conjunto de textos forrados con tapas de piel de cabra y escritos en una letra que, en principio, no resultaba fácil leer. Puse orden y quité el moho a aquel conjunto de documentos y empecé a tomar mis primeros contactos con textos históricos antiguos. Después, comencé a frecuentar archivos de verdad. Desde mediados los años setenta empecé a ir al archivo de les monxes pelayes, donde, además de la documentación del monasterio se custodiaba el Archivo Histórico de Asturias; sor Guadalupe de la Noval me ayudó con un interés que quiero recordar ahora con todo afecto. Y, desde los archivos de Asturias (el histórico, hoy en la antigua cárcel de Oviedo, de ayuntamientos como el de Sariego Gijón, Villaviciosa...), paulatinamente, aprovechando viajes o suscitándolos voluntariamente acudí a otros archivos: al General de Simancas, al Histórico Nacional de Madrid, el del Palacio de Oriente, al de la Real Academia de la Historia, al de La Academia de San Fernando, al de la Chancillería de Valladolid, al de El Ferrol en La Coruña...
Creo que fui muy afortunado porque mi tesis doctoral, realizada gracias al apoyo de los profesores Martínez Cachero en Oviedo y Seco Serrano en Madrid, trató sobre el escritor asturiano Ramón Pérez de Ayala. Publiqué libros y artículos sobre dicho autor, sobre temas relacionadas con mi condición de profesor universitario de Didáctica de las Ciencias Sociales y después de haberme jubilado realicé la ingente labor de editar el Diccionario geográfico-histórico de Asturias dirigido por Francisco Martínez Marina. Tuve tiempo para seguir cultivando mi afición a diversos trabajos sobre Sariego, como los libros de su patrimonio histórico y cultural o la guerra civil. Todo ello me impidió seguir trabajando en el proyecto de un libro sobre mi pueblo, que hube de abandonar a principios de los años noventa con la esperanza de que podría llegar un día para dar continuidad a determinados aspectos de la historia de mi pueblo. Debo añadir que su contenido responde en buena parte a lo que había redactado hacia 1993, exceptuando el capítulo sobre la población para el que consulté datos oficiales publicadas especialmente por SADEI hasta 2021.
Un libro sobre mi pueblo... Quisiera dejar claro que no considero este trabajo como una obra localista. Entiendo que la historia de Sariego se inscribe en la historia general y académica que yo había estudiado. Dicho de otra manera: frente a lo que suele ser habitual, cual es el de considerar que lo importante es captar las particularidades, las singularidades de los hechos locales o regionales, opino que lo que realmente importa –al menos, lo que más me ha importado– es comprobar cómo el fenómeno general, el de la historia universal y de España, podía verlos reflejados en mi pueblo. Cada página de este libro intenta responder a esa idea, esto es lo que ha impulsado mi interés, básicamente, en la investigación de fuentes, de documentos, sobre mi pueblo. Pienso que la mayor aportación de cara al futuro está en el valor de las fuentes y documentos que aporto al conocimiento de la Historia de Sariego. Esta escala local, aparte valores sentimentales, es para mí importante en la medida en la que es representativa de la escala de Asturias o de la escala del estado en el que se inscribe, como una mínima parte de la historia del mundo occidental, es decir, nuestra cultura. Este es el hecho fundamental de este libro, el tratar de captar esa relación de escalas. Sin ellas se haría incomprensible todo. Y sé que un defecto de este libro es perderse en lo anecdótico, en el pequeño detalle, en aquello que no representa esa integración de la escala local, microhistórica, en la escala general, macrohistórica.
Me permitiré decir sin ambages que este trabajo, como los que he realizado por iniciativa propia –publicados o inéditos a lo largo de mi vida–, tiene una motivación importante en el agradecimiento a muchos de sus vecinos que me contaron sus recuerdos sobre el concejo y sus gentes; debo añadir que otro motivos ha sido el amor a mis seres más queridos. ¿Cómo olvidar infinidad de comentarios que hacía mi madre, de manera especial cuando la acompañaba en alguna de sus visitas al cementerio de Carabiegu y escuchaba sus explicaciones sobre las gentes allí enterradas y que ella parecía hacer revivir? El cementerio de Carabiegu era para Amparo Suárez Fernández, que por su vía materna pertenecía a una de las familias más antiguas de Sariego, el lugar donde ella veía en los últimos años de su vida a todo su pueblo, a los vecinos que conoció y trató desde su infancia. Nunca acudía únicamente al nicho donde estaban los restos de mi padre, Florín. Y volvía a su casa indignada por el estado de ruina y abandono en el que se encontraba la antigua iglesia parroquial de Santiago de Sariego
El afán que he puesto en buscar documentos, restos, escritos, y las influencias de mi formación académica me impedirán practicar aquella cualidad innata en mi madre de contar las cosas de manera sencilla, en el polo opuesto a lo que pudiera resultar melodramático, épico, exagerado... Las cosas que ella contaba sobre los señores del palacio de Moral o sobre otras muchas casas de Sariego, donde visitaba con frecuencia a buena parte de sus vecinos y pueblos –Ñora, Moral, La Cuesta, Vega, Pedrosa, Santianes, San Román, Barbechu...–. Amparo conocía a todos en Sariego, a los vivos, y recordaba a muchos de los muertos. En Carabiegu me explicaba con una naturalidad que me parece maravillosa a quién correspondía cada lápida, cada nombre, cada familia... Basándose en anécdotas mínimas, hacía despertar mi memoria dormida, me recordaba pequeñas historias que me "hacían ver" un trozo de vida de mi pueblo, de mis gentes, de mi infancia, de lo que habían sido mis mejores y más bellas experiencias.
Sí, este es un libro hecho con un amor filial, pero no sólo a mis padres, sino también a todas aquellas gentes de mi pueblo que ya no están entre nosotros, algunos –ya no pocos– de mi edad, que nacieron por los años cuarenta...
¿Cómo olvidar a Oliva la de Ñora, a Oliva Berros, contándome historias de xanes, cuando acompañaba a mi madre cuando iba a lavar al río junto a la presa de San Miguel? ¿Cómo olvidar a Benigno el barberu de Canal, a Malio el ferreru de Miares, a Segis de San Román, a José el de la Cuesta, a Antón el de Blanca, a Rogelio el ferraor de Llamasanti, a Pilar que con más de noventa años seguía a pie de obra en el bar-tienda de Vega, o a tantos otros vecinos que harían esta relación interminable? Cómo olvidarlos.
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