Opinión
FELICIANO FRANCISCO ORDóÑEZ FERNáNDEZ
A mis alumnos: gracias
La relevancia de lo emocional en la educación contemporánea
Durante un tiempo considerable he reflexionado acerca de los problemas que solemos compartir entre el profesorado universitario. Con frecuencia realizamos afirmaciones generales sobre las diferencias que percibimos en el alumnado actual y aceptamos, casi sin cuestionamiento, valoraciones negativas acerca de su esfuerzo, rendimiento en el aula e incluso sobre su conducta durante las clases.
En este curso, parecía que dichas percepciones se mantenían inalteradas hasta que, en una sesión habitual, surgió la oportunidad de dialogar abiertamente sobre el tema. Las manifestaciones del alumnado diferían notablemente de mi percepción inicial: expresaban sentirse "reñidos" o "regañados" de manera constante. Mi sorpresa fue considerable al intentar comprender qué entendían ellos cuando el profesorado pretendía que reflexionaran sobre la adecuación de su comportamiento en el aula o sobre la necesidad de adoptar una actitud autocrítica durante el desarrollo de las clases.
A medida que avanzaba la sesión, fui descubriendo que su análisis no era tan erróneo como había supuesto. El alumnado actual ha crecido en un entorno social que transmite mensajes como "todo es posible", "el esfuerzo no compensa" y "siempre existe una solución favorable para el individuo". En este contexto, parece irrelevante el proceso y solo importa el resultado final. Nosotros, como educadores, insistimos en la importancia del aprendizaje, en que el aula no solo proporciona conocimiento explícito, sino también tácito, y en que los procesos son esenciales para la construcción de estructuras mentales. Sin embargo, en la práctica, lo que termina por prevalecer es la calificación del examen, donde el resultado prima sobre el proceso.
Este fenómeno se refleja en múltiples ejemplos culturales. Nuestros estudiantes se han formado en un "mundo Disney", donde todo concluye de manera positiva y los objetivos se alcanzan sin dificultad. Pensemos en el cuento de "La Sirenita": en su versión original, la protagonista muere convirtiéndose en espuma de mar; en la versión que conocen nuestros alumnos, obtiene el amor del príncipe y vive feliz para siempre. A ello se suman otros referentes sociales, como los programas de telerrealidad, donde lo importante es la conexión emocional con el espectador, no los valores que se transmiten.
Esta situación nos conduce a otro punto crucial: la relevancia otorgada a lo emocional individual en la educación contemporánea. Sin embargo, la educación emocional implica tanto el reconocimiento y gestión de las emociones propias como la comprensión de las emociones ajenas. En este aspecto, nuestros alumnos parecen estar desorientados, pues los contenidos que consumen se centran en el individuo y no en la empatía hacia el otro. Este desajuste confirma, en parte, las tesis de diversos sociólogos que sostienen que la sociedad actual es individualista y narcisista, aunque conviene analizar si el entorno social condiciona esta tendencia.
Si añadimos la idea, ampliamente difundida, de que cualquier error puede ser subsanado sin consecuencias, resulta comprensible que cualquier mensaje que contradiga esta premisa se perciba como una reprimenda y, por tanto, se rechace por no aportar un beneficio inmediato al individuo.
Por todo ello, expreso mi gratitud hacia mis alumnos. Me han ayudado a comprender muchas de las dinámicas que se producen en el aula y a reflexionar sobre las diferencias que nos separan, diferencias que, por justicia, no deben interpretarse como culpabilidad. Es posible que debamos buscar puntos de encuentro en la comunicación y en los valores, situados entre nuestra visión del mundo y la suya. Gracias, nuevamente, por mantenerme alerta, permitirme corregir errores y seguir avanzando en esta noble profesión de educador.
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