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Elogio fúnebre del ganador que no gana

Feijóo y sus cuitas

En España existe un deporte nacional más practicado que el fútbol: explicar por qué Feijóo pierde incluso cuando gana. Gana elecciones, sí, pero no arrolla; gobierna territorios, pero sin gracia; suma votos, aunque sin pizca de épica. Una victoria sin relato es como una fabada sin compango: alimenta, pero no enamora.

Mientras tanto, Pedro Sánchez ha perfeccionado el arte inverso: no ganar nada y pretender gobernarlo todo. Un Houdini electoral que escapa de las urnas por la rendija, pero que se queda a vivir en el colegio electoral. El PSOE no gana elecciones desde 2019 (salvo Cataluña, con truco), pero conserva el poder con la perseverancia de la hiedra.

El Partido Popular, bajo Feijóo, ha pasado de dormir en la UCI a madrugar para correr maratón: más diputados, más gobiernos, más alcaldías. Pero ay, el tipo no es carismático. No ruge, no muerde, no incendia. Y en una política adicta al napalm retórico, la moderación es vista como una taza de tila en una coctelería.

Desde la derecha nostálgica se desempolva la tabla ouija para invocar a Aznar; desde la impaciencia tuitera se propone a Ayuso como remedio picante en enaguas para la sosería gallega. Y, a la derecha de los más cafres del PP está Vox, ese elefante en la cacharrería que cuando despiertas de la pesadilla todavía sigue allí.

La paradoja resulta incongruente: Feijóo gana porque no grita; Sánchez gobierna porque cuanto más grita más pierde. Y así seguimos, convencidos de que la política es cuestión de decibelios y no de resultados. Y así nos va.

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