Opinión
Idea, materia y oficio en José Antonio Menéndez Hevia
Un artista singular que ha dejado huella en la ciudad
Ciertamente podría gritar como propio el nerudiano título «Confieso que he vivido» que me sigue sobrecogiendo aún en la pequeña pretensión de hacerme invisible, ¿era un tal Cervantes autor, inconfeso hasta sacrilegio, de la ejemplar «El Licenciado Vidriera»? En la huida del ruido mundanal, que incrementa un Trump encontradizo en la terca globalidad o, a diminuto nivel, el doble ictus en la portería de mi estricta cancha de juego, sigo topando con personajes que saltan animados de la tiniebla bosqueja ribeteada por tantos (Gracq, Jünger, Fernández Flórez…). Uno de los fantásticos personajes de calidad que mucho traté se me ha aparecido varias veces en ascensores y pasillos de planta para pacientes peripatéticos sin que reparara en conocerme es José Antonio (Menéndez) Hevia, artista singular que tiene en Oviedo obra dispersa en parte recogida por el Bellas Artes de Asturias bajo la denominación de «Idea, materia y oficio». Con José Antonio he cometido injusticia difícilmente reparable al atribuir una de sus obras emblemáticas, el desaparecido Alvabusto / Logos próximo felizmente a reabrirse, a otro artista local, de pareja genialidad, el mierense Chus Quirós.
El fabuloso arquitecto José Carlos Fernández del Rey y Sebastián Menéndez, hijo de José Antonio, han tenido la elegante bondad de corregir acercándome el magnífico catálogo de la citada expo. Por cierto, libro que introduce el inolvidable Alfonso Palacio entonces director del Museo y hoy en el prestigioso equipo directivo del madrileño nacional Museo del Prado.
Mi yerro es más insostenible y reprochable si cabe por mi íntima admiración hacia José Antonio, al que mucho traté en la maestría volcada hacia sus varias sucursales del Banco Herrero, de la que fui asesor jurídico, atalaya desde la que aprecié lo que sostengo pues mi pariente Carlos Hidalgo, Jefe de Patrimonio, le contrató varios elegantes proyectos, que no desmerecen a mi juicio la magnífica «modernista» central bancaria de 1911, debida a Manuel del Busto en Fruela ni tampoco a la esponjada reforma de 1932 de Jesús Álvarez Meana.
En esas lides de Decoración con mayúscula tiene la ciudad uno de los genios más importantes del mundo en mi prima Patricia Urquiola Hidalgo que, con despacho en Milán, se ha prodigado poco en su Oviedo y con la que nuestro Ayuntamiento ha cometido fallo reduccionista al nominar callejón que fue de Yela Utrilla y que, en reajuste de «Memoria Histórica», había aterrizado, con encomiable insistencia de ciudadano Jaime Llames, en Arquitectos Galán.
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