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De la Ilustración al posmodernismo

La erosión de la democracia

El triunfo de la posmodernidad y sus profetas (Foucoult, Derrida, Lacau, etc.) que han dado la réplica a las verdades asumidas tras el entronizamiento de la razón ilustrada, para instalarnos en el mundo del relativismo en el que las certezas se han diluido, constituye el paisaje de nuestro tiempo. Sobre el sustrato del eclipse de la razón y el reinado de la sentimentalidad débil y la manipulación de las emociones se están construyendo los nuevos populismos. Donald Trump, corolario de todos ellos, no existiría como personaje político sin Foucoult, aunque desconozca el término posmodernidad y el filósofo le suene a una marca de hamburguesas.

El cambio de época se puede resumir en la quiebra de la racionalidad a manos de la emocionalidad propia de etapas de miedos, angustias e incertidumbre. Veníamos de un mundo de certezas, que generaba tranquilidad (aunque las verdades que nos construían se fueran modificando, desde la filosofía y la ciencia); incluso las religiones operaban como represores o inhibidores de los deseos y las pasiones desgobernadas. Todo un mundo que desde nuestros primeros juegos en la plaza del pueblo hasta la vejez entre nuestra familia guardaba un cierto orden que nos confortaba.

Lo cierto que esta corriente contracultural se está imponiendo en la sociedad occidental, afectando al conjunto de valores del pasado reciente, proyectando su enorme poder de deconstrucción sobre el ejercicio de la política, y la democracia liberal basada en la escucha, la reflexión pausada y la tolerancia, todo ello precipitado de una conversación pública que cohesionaba nuestra vida colectiva. La democracia deliberativa de Habermas, recientemente fallecido, ¿todo un presagio?

La democracia ha enfermado a manos de populistas que la corroen desde dentro. Este fenómeno, bien conocido en términos históricos (República de Weimar), lo hemos bautizado como democracias iliberales, extraña construcción lingüística, por cuanto en mi opinión son términos que se autoexcluyen. El peligro para la supervivencia de nuestro sistema democrático lo sintetizó como nadie el Presidente Erdogan (un iliberal con pulsiones autócratas) quien dijo que "la democracia es como un tranvía. Viajas en él hasta que llegues a tu destino; y entonces te bajas".

El triunfo del relativismo, de la posverdad y sus consecuencias más nocivas no hubiera sido tan definitivo y fulminante sin la explosión de las redes sociales.

Los estudios más sólidos nos muestran que las redes sociales tienden a la exacerbación de los conflictos, la radicalidad de los discursos y a propagar la ira e incluso la violencia (incluida la política). Constituyen el soporte de conspiraciones de distinta naturaleza que tienen por objetivo enmendar el sistema democrático y las "élites" que lo gestionan, desde la administración "interesada" de la rabia y la indignación consecuencia de la desigualdad y la frustración.

La nueva cultura digital, el like narcisista, el refugio identitario, la indignación contra el mundo, los prejuicios (incluidos los relativos al sexo y a la raza) encuentran su cauce de expresión natural bajo en anonimato y el empoderamiento aparente de las redes sociales. El pan y circo de la antigua Roma como liberación de nuestros monstruos interiores se ha sustituido aquí y ahora por la vulgaridad y los insultos personales. La vieja política, lenta, reflexiva y deliberativa, basada en la tolerancia y la escucha del adversario esta en cuidados intensivos y con ella nuestra democracia.

Giuliano de Empoli ha reflexionado en sus últimos textos sobre este fenómeno. Una de sus últimos libros resulta especialmente intimidatorio ("Les ingenieurs du chaos"). Su tesis rememora la vieja teoría orwelliana a la luz de la era digital, para alumbrar un nuevo poder en manos de los físicos / ingenieros (y sus captores: los nuevos ricos) a partir de la abolición de la masa (el pueblo) como un conjunto de votantes / electores que seguían una tendencia centrípeta; esto es, ganaba y gobernaba quien lograba ocupar el centro del espectro político, con marginación de los extremistas, para mutar el modelo hacia el terreno de lo centrífugo: la individualización de los mensajes, previa identificación de los intereses de cada cual, aunque sean contradictorios, para gestionarlos de manera invisible a los ojos del público, inflamando las pasiones grupales o individuales, y sumándolas luego (el viejo divide y vencerás). Sería el equivalente cognitivo, según Giuliano, "a los silbatos para perros en la que solo unos pocos percibirán y comprenderán la llamada, mientras el resto no oirá nada".

Una bonita manera de que poderosas minorías, tecnológicas e intolerantes puedan determinar el curso de la historia. No parece una fantasía a la luz de experiencias bien visibles.

Un motivo para la esperanza: la historia nos demuestra que ninguna élite, sea cual fuere su naturaleza, ha gobernado el mundo definitivamente. No hay una victoria desde el poder y la política irreversible. Nos consuela Anne Applebaum con esta confortable cita : "Desde la enorme distancia del tiempo, la historia del antiguo Egipto nos parece una monótona historia de faraones intercambiables, pero si la observamos más de cerca, veremos que incluye periodos culturalmente luminosos y épocas de despótica oscuridad. Algún día, también nuestra historia se verá así".

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