Opinión
La paradoja de la tolerancia
El orgullo por los valores de Europa
Las civilizaciones no suelen derrumbarse el día en que son derrotadas, sino el día en que empiezan a pedir perdón por existir. Europa parece haber entrado en esa fase: no la de la derrota abierta, sino la de la justificación permanente. No porque le falten leyes, instituciones o recursos, sino porque cada vez le cuesta más decir en qué cree, qué está dispuesta a proteger y qué ya no debería tolerar. Ahí empieza la decadencia: no cuando desaparece la fuerza, sino cuando se evapora la voluntad.
Basta mirar la Europa de estas semanas. En Alemania, Los Verdes –con Lamya Kaddor entre las impulsoras– han defendido en el Bundestag una proposición para ampliar la enseñanza religiosa islámica, extender la atención pastoral musulmana en instituciones públicas y revisar restricciones como las prohibiciones del velo en ciertos ámbitos del Estado. Y en España, el Gobierno ha impulsado por vía urgente un real decreto para regularizar extraordinariamente a cientos de miles de extranjeros ya presentes en el país. Son decisiones distintas. Pero delatan el mismo reflejo: administrar las consecuencias sin atreverse a discutir el fondo.
El Reino Unido ofrece, en cierto modo, la imagen posterior de ese mismo proceso. Tras años de silencio, evasivas y parálisis institucional, la auditoría nacional dirigida por la baronesa Louise Casey, miembro de la Cámara de los Lores británica, confirmó que las redes de violación y explotación sexual de niñas seguían siendo una herida abierta y dejó negro sobre blanco algo que durante demasiado tiempo se prefirió ocultar: en varias áreas con mejores datos locales, los hombres de origen asiático –y en algunas zonas específicamente pakistaníes– aparecían sobrerrepresentados entre los sospechosos.
Karl Popper lo advirtió hace décadas: si una sociedad tolera sin límite a quienes desprecian la tolerancia, terminará perdiendo la tolerancia y, con ella, la propia sociedad abierta. No era una paradoja ingeniosa, sino una norma de supervivencia. Lo inquietante no es que la formulara entonces, sino que nosotros, con toda nuestra superioridad moral de escaparate, hayamos decidido no escucharla.
Europa y buena parte de Occidente llevan años entregados a una ficción muy cómoda: la de que una democracia puede sobrevivir sin jerarquías, sin creencias firmes y sin necesidad de defender nada con claridad. Nos repetimos palabras amables –diversidad, inclusión, respeto, convivencia– como quien pone música en la cubierta del "Titanic" para no oír el crujido del casco. El problema no es la pluralidad. Nunca lo fue. El problema es haber convertido la incapacidad de distinguir en una virtud pública.
Una democracia liberal no vive de la neutralidad absoluta. Vive de preferencias muy claras: que una niña se pertenezca a sí misma y no a su comunidad; que una mujer no tenga que pedir permiso para existir; que un homosexual o una persona trans no vivan con miedo; que uno pueda abandonar una religión, criticarla o burlarse de ella sin convertirse en delincuente o apestado civil. Y, sobre todo, que haya una sola ley para todos.
Esto, que debería ser una obviedad, empieza a sonar casi obsceno en demasiados ambientes. Ahí está el síntoma. Occidente no solo ha perdido fe en sus propios valores; ha empezado a sentir vergüenza de afirmarlos. Y cuando una civilización se avergüenza de su propia gramática, ya ha empezado a ceder terreno, aunque todavía siga hablándose a sí misma en el idioma del progreso.
Conviene decirlo sin rodeos: el principal conflicto contemporáneo no gira hoy en torno a una abstracción académica. Gira, en buena medida, en torno al islam político y a determinadas interpretaciones, prácticas y exigencias asociadas al islam que chocan frontalmente, en la práctica, con principios elementales de una sociedad libre: la igualdad entre hombre y mujer, la libertad de conciencia, el derecho a la apostasía, la seguridad y la igualdad de homosexuales y personas trans, la crítica de la religión y la primacía indivisible de una sola ley civil.
Ocultarlo por miedo no es prudencia. Es cobardía.
Y aquí aparece la coartada favorita de nuestro tiempo: fingir que nombrar el problema equivale a perseguir al creyente. No. Una democracia liberal debe proteger al ciudadano musulmán en su libertad individual y en su igualdad jurídica. Lo que no está obligada a hacer es tratar como equivalentes todas las doctrinas, costumbres y demandas comunitarias, incluso cuando algunas erosionan el núcleo normativo del orden liberal. Respetar a la persona no obliga a arrodillarse ante la creencia.
Tampoco conviene engañarse en la dirección contraria. El problema no se resuelve convirtiendo a todo musulmán en una amenaza automática ni reduciendo sociedades enteras a una caricatura tranquilizadora. Esa simplificación, además de perezosa, regala a los biempensantes la coartada perfecta para no afrontar el conflicto real. Precisamente porque no todo creyente es un islamista, ni toda fe deriva en pulsión iliberal, resulta aún más urgente distinguir entre la religión vivida en el ámbito privado y las formas políticas, jurídicas y comunitarias que sí chocan con la sociedad abierta.
Christopher Hitchens entendió muy pronto algo que demasiadas élites europeas siguen fingiendo no entender: que el problema nunca fue la fe privada, sino la indulgencia pública hacia formas de fanatismo incompatibles con la libertad de conciencia y la libertad de expresión. Vio antes que muchos que el fanatismo moderno sabía disfrazarse de identidad herida y agravio histórico, y que una parte de Occidente estaba dispuesta a dejarse intimidar con tal de conservar intacta su imagen de superioridad moral.
Ahí empieza una de las coartadas centrales de nuestro tiempo. Hemos confundido la defensa de las minorías con la suspensión del juicio. Hemos sustituido la firmeza democrática por una mezcla de culpa histórica, miedo reputacional y pereza intelectual. Nos cuesta decir lo obvio: que no todos los sistemas de valores son igual de compatibles con una sociedad libre; que no toda tradición merece acomodo público; que no toda exigencia identitaria debe ser atendida.
Las consecuencias están a la vista. Allí donde el Estado duda, prosperan las zonas grises. Allí donde la ley se aplica con miedo, florecen las asimetrías. Allí donde la autoridad se disculpa antes de actuar, las minorías más organizadas, más agresivas o impermeables a la integración aprenden una lección muy simple: en Occidente, la debilidad suele disfrazarse de virtud. Y basta con invocar victimización para paralizar a una élite agotada. Así es como una democracia empieza a desordenarse por dentro sin necesidad de tanques. Le basta con perder el instinto de defensa.
No se trata de odiar al diferente. Se trata de recuperar una facultad que Europa parece haber perdido: la de distinguir. Entre libertad religiosa y fragmentación de la autoridad común. Entre protección del creyente y blindaje de la creencia. Entre convivencia y chantaje moral. Entre diversidad y renuncia. Entre integración y cesión.
Por eso el problema ya no es solo el islam, ni Alemania, ni España, ni el Reino Unido. El problema real es más hondo: si una sociedad libre todavía sabe preferirse a sí misma sin pedir perdón por ello. Y ahí aparece una de las patologías de Occidente: el narcisismo moral. Nos gusta contemplarnos como tolerantes, compasivos, superiores. Nos miramos en ese espejo y confundimos el gesto con la virtud. Pero una civilización no se sostiene con gestos, poses ni exhibiciones de virtud. Se sostiene cuando todavía se atreve a decir que algunas de sus conquistas no son una opción cultural entre otras, sino las condiciones mínimas de una vida libre: la igualdad entre hombres y mujeres, la libertad de conciencia, la autoridad de una ley común.
Y, sin embargo, ahí estamos: demasiado avergonzados para afirmarlo con voz entera, demasiado pagados de nuestra propia bondad como para admitir que una sociedad también se defiende excluyendo, limitando, trazando fronteras. No todas geográficas. Algunas morales.
La tolerancia deja de ser una virtud cuando pierde la capacidad de decir no.
La paradoja de la tolerancia no invita a la brutalidad. Obliga a volver a trazar líneas. Una civilización segura de sí misma puede absorber diversidad. Lo que no puede absorber indefinidamente es la asimetría de criterios, la debilidad institucional y la renuncia a exigir reciprocidad. No puede sobrevivir si unas creencias son objeto legítimo de crítica, sátira o irreverencia y otras quedan protegidas por un cordón sentimental y político que las vuelve casi intocables. Tampoco puede exigir lealtad cívica si ella misma ha dejado de creer en el suelo común que ofrece.
Tal vez el mayor problema de Occidente no sea la fuerza de sus enemigos, sino la debilidad de espíritu de sus defensores. Hemos llegado a un punto en el que demasiados responsables públicos parecen más preocupados por no parecer intolerantes que por frenar la erosión de las condiciones que hacen posible la tolerancia. Lo que no suele sobrevivir es a la pérdida del instinto de defensa.
Occidente no caerá de golpe. Se irá vaciando de voluntad hasta confundirse con su caricatura. La historia no perdona a los ingenuos. Los sustituye.
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