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Manual de costumbres sanchistas

Los hábitos del presidente del Gobierno que obran en beneficio propio

Es probable que Pedro Sánchez no duerma, sino que hiberne selectivamente. Se acuesta con un problema del siglo XXI y despierta en 1936, con la firme intención de arreglarlo antes del desayuno. Es un hábito saludable: nada activa más la circulación que una buena exhumación conceptual antes del café.

Otra costumbre presidencial es el orden doméstico de la Historia. Sánchez no tira nada a la basura: lo que no le gusta lo guarda en el cajón de “memoria reinterpretada”, perfectamente rotulado y con llave ministerial. Para eso heredó la goma de borrar que ya usó Rodríguez Zapatero, una herramienta multiusos que sirve tanto para consensos incómodos como para rescribir capítulos enteros de los libros de texto de la escuela.

El presidente también practica el running institucional: siempre corre hacia adelante, aunque a veces sea en círculos. De ahí su afición a las comisiones, especialmente las que buscan la Verdad, con mayúsculas y sello oficial. Para presidirlas, nada como confiar en viejos conocidos, como Baltasar Garzón, porque la independencia, bien entendida, empieza en casa y termina en Ferraz.

Entre sus rutinas favoritas se encuentra también el yoga semántico: estirar conceptos hasta que “convivencia” signifique una cosa por la mañana y la contraria por la tarde, sin que le suba la tensión. En el fondo, Pedro Sánchez no pretende cambiar la Historia, sino impedir que le lleve la contraria. Por eso la mantiene abierta, corregible y bajo supervisión política, como un acta sin cerrar. El pasado queda así domesticado; el futuro, hoy por hoy, se la suda.

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