Opinión | Crónicas gastronómicas
La mirada de Lúculo: La chuleta, más o menos
Los defensores de la pureza en la carne de vacuno se enfrentan desde hace tiempo a los apóstoles de la maduración extrema; entre ellos hay todo un espectro de puntos intermedios

La chuleta, más o menos / Pablo García
La carne de vacuno —esa materia aparentemente simple que exige poco más que fuego y sal— se ha convertido en los últimos años en campo de batalla de una disputa casi teológica. Por un lado los defensores de la pureza, por otro los apóstoles de la maduración extrema. En la discusión, la retórica impera sobre las certezas. Los primeros, los puristas, hablan en voz baja pero firme. Defienden la frescura como valor supremo, la integridad del músculo, la expresión limpia del animal sin maquillajes ni artificios. Para ellos, una buena chuleta debe saber a vaca —con sus matices minerales, el pasto del que se nutre, su dulzor leve, su grasa fragante— y no a otra cosa. Rechazan lo que consideran una deriva peligrosa, que es esa obsesión por alargar las maduraciones hasta límites que, dicen, rozan lo grotesco. Sin dudarlo, estor con este grupo
En el otro extremo, los entusiastas de la maduración prolongada —los «dry age believers», que dirían algunos idiotas— reivindican el tiempo como ingrediente. Hablan de enzimas, de concentración de sabores, de texturas que se vuelven mantecosas y complejas. Utilizan un lenguaje casi enológico, notas de nuez, de queso azul, de mantequilla rancia. Para ellos, una carne con apenas unos días de cámara es poco menos que un producto incompleto, un boceto sin terminar. Allá con la podredumbre.
El problema, como suele ocurrir, no reside tanto en las posturas como en sus excesos. Porque entre la noble maduración —esa que permite que la carne pierda agua, concentre sabor y gane ternura— y la descomposición hay una línea fina que no siempre se respeta. Y en ese terreno ambiguo florece una práctica que algunos empiezan a señalar sin ambages, que es la inflación interesada del tiempo de maduración como argumento comercial. No es difícil encontrar cartas donde las cifras crecen como si fueran medallas, de 30, 60, 90, 120 días. Incluso más. La cifra, convertida en fetiche, se exhibe como garantía de calidad sin que casi nadie se pregunte si ese tiempo ha sido beneficioso o simplemente tolerado. Porque no toda carne mejora con la espera, ni todas las piezas están llamadas a soportar largos encierros en cámara. Todo influye, la materia prima, la raza, la alimentación, el manejo. Y, sin embargo, la narrativa lo simplifica. Más días equivalen a mejor producto. Y, por supuesto, a mayor precio. Y aquí es donde la sospecha se instala con cierta incomodidad. ¿Cuánto hay de verdad en esa supuesta complejidad aromática y cuánto de sugestión inducida? El comensal, predispuesto a encontrar matices en aquello que se le presenta como excepcional, puede llegar a interpretar como virtud lo que no deja de ser un inicio de degradación. No es negar que existan carnes magníficas con largas maduraciones, sino cuestionar la generalización acrítica de una técnica que, mal aplicada, roza el fraude sensorial.
He oído a más de un cocinero, en privado, admitir la dificultad de mantener el equilibrio. La maduración exige control, conocimiento y, sobre todo, honradez. No basta con dejar pasar los días: hay que saber cuándo detener el proceso. La carne no mejora indefinidamente; alcanza un punto óptimo y, a partir de ahí, comienza a perder lo que había ganado. Sin embargo, en un mercado donde la diferenciación es clave, prolongar la curación puede resultar tentador. Si el cliente paga más por 90 días que por 60, la ecuación parece sencilla. Pero el precio introduce otra dimensión en el debate. La merma que sufre la carne durante la maduración es real: pierde peso, hay que recortar partes externas, el rendimiento disminuye. Eso justifica, en parte, el incremento. Ahora bien, cuando el relato se impone al criterio, cuando el número eclipsa al resultado, el consumidor corre el riesgo de pagar no por lo que come, sino por lo que le han contado que debería estar comiendo. Se ha generado por ello cierta estética de la exageración. Cámaras de maduración convertidas en vitrinas, piezas oscuras, casi negras, exhibidas como trofeos. A veces producen asco. Fotografías que circulan en redes sociales, donde la carne parece más un objeto de culto que un alimento. Todo contribuye a alimentar una mitología que, en ocasiones, se aleja peligrosamente del placer sencillo que debería ofrecer una buena chuleta.
Frente a este panorama, cabría reivindicar el criterio, algo que suena casi subversivo. No todo es blanco o negro, ni fresco o hipermadurado. Hay un amplio espectro de puntos intermedios donde la carne, incluso para alguien como yo que ha dejado de apreciarla como cuando era joven, alcanza expresiones magníficas sin necesidad de caer en extremos. Quizá la clave esté en volver a poner el foco en el sabor real, en la textura que invita a repetir y no en la que obliga a analizar. Porque, al final, la experiencia en torno a esa carne debería ser una experiencia, no un examen. Si el comensal necesita un glosario para descifrar lo que tiene en el plato, algo se ha desviado en el camino. La cocina, incluso en sus versiones más sofisticadas, no debería olvidar su vocación primaria que significa dar placer.
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