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El tren que Asturias no puede dejar pasar

El ferrocarril no fracasa por falta de posibilidades, sino por falta de cuidado y por desidia política, víctima de un abandono largamente administrado

El tren que Asturias no puede dejar pasar

El tren que Asturias no puede dejar pasar / LNE

Asturias sufre desde hace décadas una paradoja ferroviaria difícil de justificar. Posee una de las redes de cercanías más densas de España, un "metro" ya desplegado sobre el mapa, pero apenas logra convertir esa ventaja potencial en un sistema de movilidad útil, competitivo y cotidiano. Hay fracasos públicos que no hacen ruido, pero se vuelven más elocuentes con cada día que pasa. El de las cercanías ferroviarias es uno de ellos. Y resulta sangrante. 

La región cuenta con siete kilómetros de vía por cada 10.000 habitantes, la mayor proporción de España. Posee una malla que alcanza a la inmensa mayoría de su población y a los municipios donde se concentra casi toda la riqueza regional. Tiene, en fin, el esqueleto de un auténtico metro territorial. Y, sin embargo, apenas lo usa.

Esa es la paradoja, síntoma de un abandono largamente administrado. Porque el tren asturiano no fracasa por falta de posibilidades, sino por falta de cuidado y por desidia política. Solo así se explica que una red tan extensa registre apenas ocho viajes por habitante al año, a una distancia humillante de territorios comparables.

Asturias tiene vías, pero no dispone de un tren útil para la vida cotidiana de buena parte de sus ciudadanos. Tiene líneas, pero arrastra horarios poco competitivos, convoyes envejecidos, trazados sinuosos y velocidades impropias de una red que pretenda servir como alternativa real a la carretera. En muchos tramos de la antigua Feve los trenes apenas superan los 50 kilómetros por hora. Hay viajes que, por su duración, resumen por sí solos el deterioro: enlazar Oviedo y Pravia en una hora y cuarto es la prueba de que la capilaridad, sin modernización, sirve de poco.

A esa lentitud estructural se añade otro problema que la red ha ido incubando en silencio: la proliferación de apeaderos sin viajeros. Casi la mitad de las paradas registraban ya hace años menos de cinco usuarios diarios. Algunas líneas acumulan estaciones testimoniales, vestigios de otro tiempo, que obligan a detener trenes donde apenas sube nadie mientras se penaliza a quien sí necesita un servicio ágil y frecuente. Nadie debería escandalizarse por abrir este debate. La defensa del ferrocarril no consiste en conservar sin matices cualquier herencia del pasado, sino en pensar qué red necesita hoy Asturias para que el tren vuelva a ser una opción sensata y competitiva.

Porque esa es la cuestión central: Asturias no necesita menos tren; lo necesita mejor. Necesita aprovechar de una vez la ventaja extraordinaria que ya posee. Pocas comunidades pueden presumir de una red tan tupida en el corazón mismo de su territorio. Mientras tanto, el contraste resulta doloroso. Asturias ha mejorado sus conexiones exteriores. La alta velocidad y la ampliación de destinos aéreos han acercado la región al resto del país y del mundo. Pero por dentro, en los desplazamientos que sostienen la vida diaria, el ferrocarril continúa sin estar a la altura. La gran anomalía asturiana es esa: se puede llegar mejor a Madrid que moverse con eficacia entre los principales núcleos de la propia comunidad.

En ese contexto se ha abierto el debate sobre la posible asunción de competencias ferroviarias por parte del Principado. Es una discusión legítima. Tiene sentido que Asturias aspire a decidir más sobre horarios, frecuencias y organización del servicio. Tiene lógica que quiera integrar el tren en una política unificada de movilidad pública. Pero conviene no convertir la cesión en un fetiche. La clave no está en quién firme los papeles, sino en qué proyecto hay detrás y con qué recursos se va a sostener.

Por eso el debate de fondo no es administrativo, sino material. Lo decisivo no es la transferencia en sí, sino el cumplimiento efectivo de las inversiones comprometidas. El plan de cercanías prevé unos 1.500 millones de euros hasta 2030. Ahí está el verdadero examen. Ahí se juega Asturias la posibilidad de rescatar una red envejecida y convertirla en la columna vertebral de su transporte público. Sin esa inversión, la cesión sería poco más que una mudanza burocrática. Con ella, podría empezar por fin una transformación real. El metro asturiano ya existe. Lo intolerable es seguir actuando como si no.

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