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Cañones y mantequilla

Los planes bomba de Indra y los nubarrones sobre el campo asturiano

Asturias se mira en el espejo y lo que se refleja es un polígono de tiro y un campo sin abonar, en situación de barbecho. Un híbrido entre la boina y el casco militar. La llegada de Indra al Tallerón se vendió como el retorno grandilocuente de la reindustrialización, de la industria pesada que más pesa, con empleo de alta capacitación y fuerte inversión pública. Cierto es que el entusiasmo duró lo que tardó Moncloa en cambiar de humor. La caída en desgracia de Ángel Escribano introduce una palabra muy asturiana en la ecuación: incertidumbre, deporte regional en el que somos campeones mundiales. Planes que dependían de un nombre propio ahora flotan en el aire, como un dron errático sin dirección. Lo que parecía blindado afronta ahora un campo de minas.

Mientras tanto, el sector primario, asfixiado por Mercosur, triturado por la burocracia y asediado por el lobo tiene que soportar que el consejero del ramo, Marcelino Marcos, discurra que el campo no puede vivir eternamente en el valle de las lamentaciones. Llamar llorones a los votantes no parece inteligente estrategia. Con declaraciones de esa guisa el PSOE va a enterrarse en el Occidente, su valle de Josafat.

Así que Asturias se debate entre carros de combate o de labranza, entre cañones o mantequilla, en busca del gran consenso regional, que siempre acaba en espera: esperar que Indra suelte la bomba, a que el lobo se civilice, a que el campo se reinvente a solas. Puede que a Asturias le quede una última bala y sea de cañón. Porque el campo es solo campo ya de batalla.

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