Opinión
Hasta siempre, Diego
Repaso vital por la trayectoria de un brillante profesional comprometido con su tierra
En Diego Carcedo destacaba sobremanera su condición de asturiano de Corao, así estuviera en la última esquina del planeta, por el que ha viajado sin descanso en su larga y fecunda trayectoria profesional. Era, ante todo, un gran narrador, un ameno, riguroso y formidable contador de historias sin importarle el medio por el que transmitirlas. Hizo de todo, desde la noticia breve en el periódico de provincias hasta el comprometido relato de destacados acontecimientos en libros de difusión masiva, sin olvidar el reporterismo en la radio y la televisión, la corresponsalía exterior, el comentario puntual, la columna exigente, el debate político, la investigación histórica e incluso la dirección de medios. Un profesional total, completo, multidisciplinar, capaz de abarcar todos los registros sin perder un ápice de calidad.

Hasta siempre, Diego
Se enganchó al periodismo en Oviedo, cuando era estudiante universitario, en una época en la que el diario LA NUEVA ESPAÑA abrió las puertas a nuevos y jóvenes talentos como Graciano García o Juan de Lillo. Fue un período de periodismo brioso en una España todavía bajo la dictadura pero que empezaba a reclamar historias nuevas que Paco Arias de Velasco y Juan Ramón Pérez las Clotas supieron encauzar en el periódico del Movimiento. Sin embargo, aquella Asturias del franquismo se le quedó pequeña a un reportero ansioso de nuevos horizontes.
En Madrid esa vocación universal pudo desarrollarse en plenitud. Ejerció como enviado especial de la agencia Pyresa y del diario Arriba pero, como su inquietud era imparable, se enroló en un medio muy novedoso entonces: la televisión. Fueron años en los que estuvo en los lugares más candentes del planeta: la guerra del Vietnam o el golpe que derrocó a Allende en Chile. Su prestigio como infatigable buscador de historias le permitió formar parte de un equipo legendario, el del programa Los Reporteros, en Televisión Española (TVE), la única que había entonces en blanco y negro.
La tele empezó a ocuparlo todo. Primero como corresponsal de TVE en Lisboa, en un Portugal en el que la democracia, como en España, era una novedad absoluta. Allí conoció de cerca a los protagonistas de la Revolución del 25 de abril que vivió en directo y que, muchos años después, daría lugar a uno de sus más significativos trabajos editoriales, "Fusiles y claveles", en el que recrea el golpe de Estado que acabó con la dictadura salazarista.
Carcedo contribuyó al acercamiento entre los dos países y en cierto modo fue un embajador de España –y de Asturias, por supuesto– en Portugal, país del que guardaba un grato recuerdo y muchas amistades sinceras como la del desaparecido Mario Soares.
Luego en Nueva York, en plena era Reagan, una etapa de liberalismo económico a ultranza que coincidió con el fin del imperialismo comunista soviético. Momentos apasionantes de la historia reciente que un curtido y experimentado Diego Carcedo trató magistralmente en los informativos de la televisión pública, que seguía siendo la única.
Hasta que en 1989 el entonces director general de Radio Televisión Española (RTVE), Luis Solana, lo reclamó como jefe de los Servicios Informativos de TVE, un cargo de gran responsabilidad en el que no abandonó del todo su vertiente de entrevistador de grandes personajes. En 1991, Jordi García Candau le encomendó dirigir Radio Nacional de España (RNE), en la que introdujo cambios de calado. Por ejemplo, puso en marcha Radio5 Todo Noticias, un formato nuevo que ha arraigado, pero que entonces era un riesgo, y programas tan significativos como Los Desayunos, luego compartido con TVE. En ese período comenzó mi colaboración con él, que se transformó en una larga amistad que sobrevivió a todos nuestros avatares. ¡Qué buenos momentos pasamos con su querida Cristina García Ramos y sus amigos de toda la vida en Cangas de Onís!
De ese período en RNE recuerdo su habilidad para evitar las presiones, tan comunes entre los políticos. En una reunión con un alto dirigente asturiano que hablaba de RTVE en plural, como si fuese suya, lo cortó en seco: "RTVE es de todos los españoles, no de los que gobiernan". Pero esa batalla, treinta años después, continúa igual.
En 1996 Diego Carcedo inició una nueva etapa. En RTVE pasó a ser integrante del Consejo de Administración designado por el Parlamento a propuesta del grupo socialista. Es entonces cuando, al fin, encuentra hueco para escribir algunos de los libros que tenía pensado desde tiempo atrás. También pudo dedicarse a la investigación histórica, otra de sus pasiones. Resultado de ello son ediciones tan solventes como "Los cabos sueltos del 23 F," sobre el golpe de Estado; "neruda y el barco de la esperanza", en el que relata el largo viaje de los republicanos españoles hasta Valparaíso gracias a la intervención del poeta chileno. Y, de manera muy singular, la historia del diplomático español Ángel Sanz Briz que libró a miles de judíos de una muerte segura durante la II Guerra Mundial desde su puesto en la embajada de Budapest (Hungría) en "Un español frente al holocausto". Esa historia es la base de un drama rodado para TVE, "El ángel de Budapest".
También pudo adentrarse en la vida y obra del militar de origen asturiano José Antonio Sáenz de Santamaría, personaje crucial durante la transición española al frente de la Guardia Civil y de la Policía Nacional, que le dio la clave de muchos de los acontecimientos ocurridos en aquellos años, vividos bajo el acoso del terrorismo (ETA, GRAPO), que han desembocado en una democracia sólida por primera vez en la historia. El relato se publicó bajo el título "Sáenz de Santamaría, el general que cambió de bando".
Hasta el último momento fue un columnista perspicaz, interesado por todo lo que ocurría a su alrededor. Ahora que el conflicto del estrecho de Ormuz se parece mucho al del canal de Suez de la guerra fría, vendría muy bien conocer su opinión experimentada. De hecho, hace unos años, estando en la camilla de un hospital madrileño tras un infarto, redactó unas líneas para una columna que tenía pendiente ante la estupefacción de los médicos. Así era.
Pese a una biografía tan intensa, nunca dejó de atender la llamada de Asturias: soy testigo de que siempre participó en cuantas iniciativas se le pedían con una generosidad sin límites, ya fuera como pregonero de un festival o como miembro de un patronato, como el del Hospital de Arriondas. Eso le permitía estar al tanto de todo lo que ocurría en nuestra tierra y seguir de cerca al Real Oviedo, cómo no. Eugenio Prieto lo sabe bien.
Y en los ratos que los viajes y la participación en conferencias, mesas redondas, actos culturales de todo tipo, le dejaban libre, compuso una historia literaria, "El niño que no iba a misa", que evoca una Asturias rural de la que surgió este periodista enorme. Porque Corao, Covadonga, Cangas de Onis, Asturias en definitiva, han sido siempre el eje en el que se ha sustentado su apasionante y completísima ejecutoria profesional. Hasta siempre, Diego, ¡fue un placer compartir tantos momentos memorables contigo.
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