Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

Cofiñismo

Sobre un político de calado intelectural y personalidad equilibrada

Siempre me han gustado aquellos políticos que, tengan la ideología que tengan, apetece votarles por contar con personalidades equilibradas. Que intentan no llamar la atención, salvo por su quehacer. Son los que te miran a los ojos con la misma intención que lo hacen a los temas. Los que no te cuentan milongas ni están a diario colgados del trapecio. O levantando la voz y criticándolo todo, como sugería hacer aquel humorista de La Codorniz para alcanzar el éxito social. Se trata de gentes con las que te entran ganas de irte a tomar unas sidras o a picar algo. Con los que se puede conversar, porque te escuchan, y no dogmatizan salvo para atajar de raíz los desvaríos que pretenden imponer precisamente los que denuncian la polarización.

Cuando funcionaba aquí el "coméntaselo a Juanín" no nos fue peor. Conocí algo de aquellos habituales encargos a Cofiño, que se extendían a las más insospechadas áreas del quehacer público. Al actual presidente de la Junta lo había visto por vez primera hace años en el aeropuerto de Asturias, que fue mi segunda casa durante década y media larga. Por el rabillo del ojo lo veía embarcar camino de Madrid o Barcelona cuando él trabajaba como letrado para una compañía tecnológica. Tenía y sigue teniendo esa seriedad de las personas sensatas, maduras, a las que no les gusta vestirse de lagarteranas, pero que cuando las tratas descubres amabilidad y cercanía. Juan Cofiño no es de los de ni una mala palabra ni una buena acción, ni de aquellos otros que mienten más que hablan, pensando que la policía es tonta.

Como ha tenido una vida intensa dedicada a mil afanes, desde la ganadería a la abogacía, pasando por la política, su servicio público ha ido dejando por el camino esa estela tan plagada de normalidad. Sin conocerme de nada, me llamó un buen día para compartirme sus preocupaciones jurídicas, cuando tuvo mando en plaza. Comprobé entonces su enorme grado de implicación en los asuntos, que sus colaboradores pueden certificar. Juan no es sectario, sino abierto a realidades muy dispares, y no he encontrado a nadie que me hable mal de él. Sabe negociar, seguro que por su dilatado tiempo como sindicalista.

Una mañana, acompañé a Ramón Rodríguez a visitar a Cofiño al despacho donde este gobernaba en la luz y en la sombra. Llevaba el Ridea la friolera de treinta y cuatro años mandando para casa a los miembros que acababan de cumplir los setenta y cinco, y parecía la hora de pasar página de aquel absurdo edadismo, aprovechando para modificar la ley en otros puntos. El entonces presidente de facto de Asturias se comprometió a impulsar esa reforma y cumplió, logrando además una insólita unanimidad en la cámara regional. Ese botón de muestra revela una trayectoria genuinamente cofiñista, consistente en ir directo a las cuestiones y abordarlas con el mayor rigor. Tiempo después, en la pandemia, volví a comprobar su impresionante nivel de compromiso con lo que tenía entre manos, en los trabajos conducentes a la promulgación de la norma de empleo público vigente. Cofiño estaba en todo y en todo estaba bien. Y cuando así son las cosas resulta obligado decirlo, porque existe una política y unos políticos que ennoblecen ese quehacer tan esencial en democracia.

Juan Cofiño es, además, un intelectual agudo, que aplica a las materias de pensamiento o de observación social el mismo método de abordaje que en sus responsabilidades. No se limita a tirar de frases hechas o mencionar libros que no ha leído. Es profundo en sus consideraciones, y acertado la mayor parte de las veces. Da gusto leerlo, porque no solo lo hace con estilo sino con la mejor intención. Es una lástima que estemos en épocas en las que se ha dejado de leer, porque sus criterios son para seguirse y aplicarse.

En su discurso de ingreso en el Ridea, Cofiño reflexiona sobre el pasado, presente y futuro de Asturias. Y lo hace sin dejar nada en el tintero. Defiende un Principado que se centre en lo que interesa, que es el bienestar socioeconómico, dejando de poner el foco en aquello que nos divide. Sus palabras suenan a música celestial, máxime en tiempos de cerrazón e intentos absurdos de reescribir las cosas.

Desde luego, si no existieran hombres de Estado como Juan Cofiño, habría que inventarlos.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents