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Armas arrojadizas

De nuevo, el vértigo. PSOE y PP, Gobierno y oposición, se ven atrapados en un bucle en el que las causas pendientes –unas recientes, otras heredadas de legislaturas pretéritas– reaparecen con puntualidad, como la consecuencia de las investigaciones por las tropelías cometidas en lo que se refiere a la corrupción económica. No hay sorpresa, pero sí desgaste. Y, sobre todo, cálculo.

Cada nueva derivada del llamado "caso Ábalos", una hidra de Lerna de múltiples cabezas serpentinas –mascarillas, contratos, comisiones, rescates discutidos–, es utilizada por la oposición como prueba de una supuesta degradación sistémica del Ejecutivo. A la vez, los socialistas responden recordando que los ecos de la "operación Kitchen" aún resuenan en la memoria judicial del Partido Popular, un recordatorio incómodo de que nadie está en condiciones de erigirse en juez moral del adversario, al menos en asuntos de trinque. La estrategia es transparente, ya que no se trata tanto de limpiar responsabilidades como de administrar daños. En un escenario de polarización extrema, el objetivo no es convencer al votante indeciso con ejemplaridad, sino asegurar que el rival cargue con una losa mayor. La corrupción, así, se convierte en arma arrojadiza más que en un problema estructural a resolver.

Este intercambio de reproches tapa un debate más profundo y, quizá, más inquietante. Porque mientras los casos económicos siguen su curso en los tribunales, hay decisiones políticas de mayor calado que afectan directamente a la arquitectura institucional del Estado. Y es ahí donde el foco, o la conversación pública, debería ser más exigente. No olvidemos que esta legislatura –la más contaminada e ineficaz desde la restauración de la democracia– está sostenida por una ley de Amnistía a unos sediciosos pactada a cambio de votos y poder. Mayor corrupción, imposible. La sensación de vértigo no proviene solo de la acumulación de escándalos, sí en cambio de la percepción de que el sistema, podrido, se acostumbra a ellos con facilidad. n

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