Opinión | Miel, Limón & Vinagre
Albert Soler
Emmanuel Macron, sin butaca de mimbre

Emmanuel Macron.
Uno no está muy al día de la política francesa, y cuando escuché en las noticias que Emmanuelle presidiría Francia, me puse la mar de contento y —no voy a negarlo— hasta un poco ardiente, al fin y al cabo, vivo a escasos quilómetros de la frontera. Imaginé al otro lado de los Pirineos una república erótica, tampoco tendría nada de extraño tratándose de Francia, país con merecida fama de libertad sexual, hasta su imagen de la república lleva un pecho fuera para arengar mejor a las masas. Menudo disgusto cuando me enteré de que quien se instalaría en el Eliseo no era la Emmanuelle de nuestros húmedos sueños adolescentes, sino un tipo bajito llamado Emmanuel, Macron de apellido, quien seguro que ni siquiera tiene previsto sentarse en una butaca de mimbre como su casi homónima, y si lo hiciera, sería con mucha menos lascivia. La culpa es de la pronunciación francesa, que todo lo iguala.
Algo debe de pegarse del nombre, y Emmanuel parece tener de Emmanuelle la valentía, que ésta usó para insertarse un cigarrillo en la vagina en una inolvidable escena del film, y que el presidente francés utiliza para plantarle cara a Trump, sin llegar a insertárselo en sitio alguno, aunque a veces también el presidente norteamericano eche humo. Por más que la grandeur ya sea cosa del pasado, Macron ha tomado la batuta europea en lo que se refiere a criticar la beligerancia de Trump, el cual ha elegido una vía ciertamente peculiar para conseguir su ansiado Nobel de la paz, aunque nunca se sabe. «Francia no forma parte de esta guerra, no estamos en combate», ha insistido desde el principio el mandatario francés, mucho menos receptivo que la Emmanuelle cinematográfica a los cantos de sirena de los hombres, aunque seguramente tampoco ésta hubiera querido yacer con un tipo como Donald Trump, menos todavía acompañarle a la guerra.
El valor a Macron se le supone. Un tipo que consigue llevarse a la cama y al altar —suponemos que por ese orden, no en vano estamos hablando de Francia— a su profesora de literatura, 24 años mayor, no teme a nada ni a nadie, ese ha sido el sueño de todos los alumnos del mundo y bien pocos lo han conseguido, un respeto para este puñado de audaces. La profesora Brigitte se sorprendía de lo mucho que atendía en clase aquel muchacho bajito, le daba igual que explicara a Proust que a Flaubert, a Dumas que a Victor Hugo, a Molière que a Racine, a Sartre que a Camus, él nunca le quitaba el ojo de encima.
—Señores Macron, su hijo promete, sin duda va a terminar dedicándose a las letras, nunca había tenido un alumno tan atento. Ni tampoco tan trabajador: no hay día que no se quede al final de la clase para consultarme algo— les diría la profesora a los orgullosos padres del pequeño Emmanuel en la reunión trimestral, los mismos que más adelante serían sus suegros, hay que ver las vueltas que da la vida.
La futura esposa no tuvo mucha vista, porque, en lugar de dedicarse a las letras, Emmanuel estudió Ciencias Políticas, que es donde la gente se gana bien la vida, no sé si en Francia tan bien como en España. Antes, se graduó en Filosofía, con una tesis sobre Hegel, el pensador que acuñó la famosa frase «Todo lo racional es real; y todo lo real es racional». De ahí le viene a Macron esa antipatía hacia Donald Trump, que si algo no es, es racional, aunque para desgracia del mundo, sí es real. Antipatía que es recíproca, porque el mandatario estadounidense no desaprovecha ocasión de meterse con el francés, incluso recordando el supuesto bofetón que le propinó su antigua profesora en el viaje a Vietnam. A Trump, lo de casarse con una profesora le parece reprobable, no por el hecho en sí, sino porque la de profesora es una profesión que para él no tiene ningún sentido. Si encima era profesora de una cosa extraña y desconocida llamada Literatura, no es raro que piense que los franceses, y con ellos todos los europeos —no es que distinga mucho entre unos y otros— son una panda de degenerados y por eso no le ayudan en su cruzada iraní. La literatura convierte a los hombres en mojigatos y les resta ardor guerrero, eso lo sabe Trump, que no es solo que desconozca la existencia de Balzac, lo cual es comprensible porque nació lejos de América, es que está convencido de que Mark Twain es una nueva cadena de hamburgueserías y Scott Fitzgerald una marca de whisky escocés.
Macron declaró preferir una Europa predecible en sus acciones a que sea impredecible como Estados Unidos, lo cual es una forma fina de decir que es mejor que nos gobierne un tipo aburrido que un loco de atar. Casarse con una profesora de literatura es lo que tiene, que hasta los insultos se pueden soltar con charme, palabra muy francesa.
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