Opinión | El trasluz
Ausencia de motivos

Un hombre viendo la tele en el sofá. / ShutterStock
Desde que mis manos van y vienen solas, he dejado de levantarme del sofá. La televisión me informa del estado de ánimo del mundo mientras mi extremidad derecha gestiona mis necesidades básicas. Ayer me apetecieron unos frutos secos, pero me daba pereza ir a buscarlos, así que la mano se liberó de la muñeca con un leve chasquido burocrático, cruzó el salón como un pájaro disciplinado, y regresó con un puñado de pistachos sin cáscara. No me alarmé, pues recordaba haber leído algo sobre un trastorno neurológico -el síndrome de la mano ajena- en el que la extremidad actúa por su cuenta: firma documentos, abofetea a desconocidos o se niega a abrir la llave del gas. En mi caso, la independencia era de carácter servicial. De hecho, fue a por una cerveza más tarde, y a por un kleenex cuando estornudé. Incluso subió la persiana sin necesidad de que se lo pidiera porque el informativo empezaba a resultar sombrío.
La mano no regresaba nunca jadeante ni desorientada. Volvía con la seguridad de quien conoce el camino. No era tanto que se hubiera emancipado como que el resto de mi cuerpo había sido relegado. Probé a levantarme y me costó más de lo habitual. Las piernas tardaban en obedecer. Al poco, la mano izquierda, siempre más reflexiva, se liberó también de la muñeca. Ambas flotaron un instante frente a mí, a la altura del pecho, con una serenidad que no supe interpretar. No era rebeldía. Era pura gestión económica de las energías. La tele seguía parloteando. En la pantalla, un experto explicaba cómo externalizamos cada vez más funciones: la memoria en los dispositivos; la orientación en el GPS; la elección de una película en los algoritmos. Las manos van y vienen con discreción. Traen comida, bebida, me acercan el mando a distancia, abren y cierran. Yo permanezco sentado, perfectamente abastecido. A veces tengo la impresión de ser un mero centro de operaciones al que se le suministran recursos.
Todo resulta verosímil mientras sucede. Solo al contarlo adquiere un tinte psicodélico. Pero quizá la psicodelia no consista en ver colores imposibles, sino en advertir que lo cotidiano puede reorganizarse sin pedir permiso. Que una mano vuele a la cocina es menos inquietante que descubrir que uno ya no tiene motivo alguno de levantarse para nada.
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