Opinión
Ganar la Luna, perder la Tierra
Está lo que hay arriba, más allá del cielo, en el espacio, en la Luna. De allí regresan cuatro astronautas de la misión Artemis II de la NASA, un vuelo de diez días que ha sobrevolado el satélite para probar, dentro de la nave espacial, sistemas de soporte vital y navegación. En el horizonte, la posibilidad de habitar la Luna. En esta expedición histórica han participado, por primera vez, una mujer, Christina Koch, y un afroamericano, Victor Glover. Dos nuevos techos de cristal que se rompen de un plumazo. El que rompe ella, que pertenece a esa mitad de la población a la que se le ha negado sistemáticamente el derecho a conquistar nuevos espacios, y el que quiebra él, integrante de esa minoría históricamente discriminada, oprimida por sistemas de esclavitud y racismo estructural.
Y está lo que ocurre abajo, en la Tierra que vivimos y pisamos. Este lugar en el que unas mujeres se tienen que pelear, no ya por enfundarse un traje espacial, sino una túnica y un capirote en Semana Santa; a quienes se les niega participar en una tradición que ni siquiera intenta disimular su machismo recalcitrante. Y es aquí abajo donde, mientras Christina Koch sobrevolaba la Luna, una mujer era agredida sexualmente en un coche, en medio de un descampado de un barrio de València. También aquí abajo, mientras Glover se disponía a pilotar la nave Orion, el exdiputado Serigne Mbayé era detenido e identificado de nuevo por la policía. La última vez, frente a la puerta de su casa, solo porque su color de piel lo hace sospechoso.
Y es en la Tierra, donde mientras la inclusiva tripulación de Artemis hacía pruebas, medio centenar de diputados y diputadas votaban que los menores no acompañados, cuanto más lejos de lugares habitados, mejor. Porque esa es la paradoja: mientras soñamos con ganar la Luna, seguimos perdiendo la Tierra un poco más cada día. La épica de lo que ocurre a cientos de miles de kilómetros (por fin una mujer y un hombre negro en órbita lunar) contrasta con las rutinas de aquí abajo, que permiten que las mujeres sigan siendo cuerpos disponibles; las personas negras, sospechosas; y los niños, niñas y adolescentes más desprotegidos, basura desechable.
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