Opinión | Le fumoir
La niña del columpio

Trabajadores en Bandar Abbas (Irán) huyen de los efectos de la guerra. / Mohammad Rasoul Moradi / EFE
Cuando el algoritmo se caotiza, entre videos de agentes inmobiliarios pretendidamente pijos que te enseñan pisos en el barrio de Salamanca por 3 millones, como si se fuera una bicoca que no puedes dejar escapar, reels sobre el viaje a Japón que parece que nunca haré y “creadoras de contenido” en mallas intentando venderte su cuerpo polioperado y fotocopiado, se nos cuela en este tiempo de guerra toda la morralla propagandística sionista, la antisionista, la trumpista, la antitrumpista, los troleos de los pasdarán al presidente norteamericano en forma de monigotes de Lego, los ultimátums, los penultimátums, los zapatos marrones del secretario de Guerra, los memes de Marco Rubio disfrazado de ayatolá o de beisbolista bolivariano, las imágenes dantescas de Beirut como un Guernica contemporáneo… haciendo que nuestra psique oscile incongruente entre la risa, la estupefacción y el hastío, hasta que dice ¡basta! y nos queremos sumir en la más absoluta analgesia frente a una realidad que parece burlarse de nosotros, pues ya no la controlamos en absoluto.
Entre toda esa mierda diaria y constante, cuyo suministro parece estar más garantizado hoy que el del petróleo, se coló en mi pantalla un vídeo que fue para mí como un Lexatín de pura poesía. No sé si es real, pero como ya nada es verdad ni es mentira y la poesía escasea, da absolutamente igual. En él se ve a una niña en un columpio solitario de una playa desierta del puerto iraní de Bandar Abbas. La niña se balancea inocente, sus rizos al viento, mientras en el horizonte se levantan, imponentes como catedrales, varias columnas de humo negro sobre el estrecho de Ormuz. Se trata de un paisaje apocalíptico que me recuerda a ese “travelling” maravilloso y evocador de la playa de Dunquerque en “Expiación” (Joe Wright, 2007), donde los soldados del cuerpo expedicionario británico yacen en un limbo de distopía esperando a ser evacuados hacia Inglaterra. En esa escena, el director nos muestra nada menos que ese estadio intermedio entre la vida y la muerte, un apocalipsis de tiovivos derelictos, caballos que corren sin montura en un hipódromo de confusión, filas y filas de hombres esperando su incierto destino ajenos a él y a sí mismos, y restos incandescentes de una civilización que ya no es.
Esa niña en esa otra orilla está también en un limbo, el de la incertidumbre sobre su futuro, sobre su propia vida. Hace cosas de niña, juega despreocupada en el columpio, y en segundo plano se anuncia, atronador, el fin del mundo. Por su edad, quizá no lo sabe, pero sin duda lo intuye. Por eso parece querer echar a volar con su ágil impulso, perderse en el cielo para siempre y abandonar este lugar que no entiende, que no le gusta, que ha traicionado su inocencia. Impulsarse tan fuerte que consiga alcanzar, con velocidad de misil, la nave que viaja hacia la Luna, y escapar para siempre hacia un horizonte todavía incorrupto. Si en Dunquerque fueron barcos los que llevaron a aquellos soldados a puerto seguro, ahora pueden ser naves espaciales que transporten, en un sueño, a niños como ella hacia la salvación.
Llama la atención que la niña de Bandar Abbas se columpia de espaldas al mar y a ese caos que se representa ante sus ojos. Hay algo tierno y perturbador en ese deseo de no mirar. Se balancea para que el mundo se detenga, para que cuando baje del columpio el humo se haya disipado. Y, sin embargo, todo sigue igual, con obstinada precisión. Quizá por eso esa imagen pesa en el que la ve, porque esa niña no ha escogido nada. No ha escogido el siglo, ni el país, ni la guerra que le ha tocado vivir. A algunos les toca una infancia de parques, de ayas con merienda y disgustos banales, y a otros, en cambio, las cartas les reparten una infancia atravesada por una historia que hipoteca sus vidas para siempre. Quizá por eso nuestra niña de Bandar Abbas se columpia de espaldas a esa obscenidad. Le está diciendo a sus padres, fuera de plano, que no quiere aceptar su destino. Nada menos. En el fondo, su balanceo no deja de ser tanto un acto de libertad de quien sólo es libre en su tierna conciencia, y una acusación contra todos los que han convertido la guerra en el futuro inmediato de los que, como ella, están en edad de jugar en un columpio, un alegato en forma de clip contra todos los que aceptan usar a niños como mulas –sin tilde- para cargar con el peso de una guerra que no es la suya.
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