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La lengua sucia

Hay líderes que cuidan el lenguaje como si fuera porcelana de Sèvres. Y luego está Donald Trump, que lo utiliza como un bate de béisbol: cuanto más ruido haga al romper, mayor efecto en la grada. Donde otros presidentes emplean el vocabulario de la diplomacia, el presidente de EE UU dispara exabruptos; como si la geopolítica se resolviera a gritos de orangután.

Insultar al adversario, burlarse del aliado, ridiculizar al periodista y descalificar al experto no es, en su caso, un desliz, sino un método bien definido que confunde franqueza con mala educación y liderazgo con berrinche. El resultado es una prosa inflamable, más cercana al chigre que al Despacho Oval. Todo ello con la engañosa solemnidad del vocinglero que se cree príncipe de los ingenios.

Su catálogo verbal daría para un manual clínico si no fuera porque la sátira dibuja con mayor exactitud esa personalidad enfermiza. Por menos daño en la glándula cerebral encerraron a Jack Nicholson en "Alguien voló sobre el nido del cuco", y al menos en la película la rebeldía tenía guion y albergaba metáforas. Aquí no hay rastro metafórico, sino pataleta retransmitida y matonismo grandón y pendenciero.

Trump lidera esa clase de políticos recientes que han convertido la palabra en arma arrojadiza y la política en un concurso de improperios. No persuaden: embisten. No argumentan: vociferan. Y así, a base de disparates, pretenden dirigir países como quien modera una pelea de gallos, donde ellos mismos son el gallo, el gallero y el palenque.

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