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El mesías Trump y el Papa

Un iluminado dirige el faro del mundo y no deja títere con cabeza

Trump reparte certificados de buena cristiandad desde sus redes de pescar merluzos. El Mesías yanqui no multiplica panes y peces, sino enemigos: migrantes, países enteros y ahora también el Vaticano. La escena roza la blasfemia política: Trump acusa al Papa de no entender el mundo porque no bendice guerras ni redadas. Como si el Evangelio fuese un manual de campaña y la cruz un arma arrojadiza. Al otro lado, León XIV —con una sobriedad que conmueve frente al histrionismo— recuerda verdades incómodas: frente al Cristo de IA enfundado en una bandera, el pontífice responde con un mensaje peligrosísimo en estos tiempos convulsos: literalidad cristiana. Que Dios no bendice guerras. Que la violencia no crea paz. Que rezar con las manos llenas de sangre no conmueve al cielo. Una herejía insoportable para quienes confunden fe con fuerza aplastante y diplomacia con testosterona.

Trump se indigna porque el Papa “hace política”. Curioso reproche de quien convierte la fe en munición retórica y confunde liderazgo con el espejo de la madrastra de Blancanieves. El problema no es que Roma discrepe de Washington; es que alguien en la Casa Blanca confunda la Resurrección con un rescate militar y la misericordia con debilidad política.

En este choque no hay dos teologías: hay un ego intolerable que impone la gorra roja al turbante y una voz que insiste en lo universal. Entre el Mesías de Photoshop y el papa de carne y hueso, uno exige arrodillarse mientras el otro prefiere la compasión. Y solo uno de los dos habla en verdad de paz.

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