Opinión
Un presidente asturgallego
Tributo a Leopoldo Calvo-Sotelo, un político respetable y respetado que navegó entre dos tierras
Aunque gallego y ribadense medular, Asturias fue para Leopoldo Calvo-Sotelo una referencia permanente y singular. No solo por surcar nuestras aguas en los veranos y dominar los recodos más ocultos de la costa que compartimos con Galicia, sino por su hondo conocimiento de nuestro solar tanto desde el punto de vista geográfico como cultural, espiritual o humano. Era frecuente verlo llegar, escoltado, a restaurantes del Occidente a degustar nuestros manjares del mar o la montaña. Cuando el Colegio de Ingenieros de Caminos le colgó en Madrid un cuadro de homenaje, aparecía detrás de él un Puente de los Santos iluminado en la ladera asturiana, un detalle que habla por sí solo de la intensa vinculación con el Principado del más ilustre de nuestros presidentes del gobierno.
Cada vez que Calvo-Sotelo se enteraba de una nueva inauguración del puente (hubo cientos), subía raudo desde Porcillán en su modesto ciclomotor ataviado con su traje de faena marinera, tras dejar antes bien amarrado el Juanín, su bote de toda la vida. Ahí, en la acera de la parte más cercana a Galicia, continúa enterrada la placa con su nombre, que no les apetece descubrir a cuantos políticos se lo he recordado. No hay manera. A ver si uno de estos milenios se hace justicia y se rinde por fin el tributo que merece el que más contribuyó a unir a Asturias y Galicia desde que el mundo es mundo.
Como don Leopoldo era un lector empedernido, nada de lo astur le era ajeno. En el libro de sus libros que prologa el gran Álvaro Delgado-Gal, otro asturiano de pro, desfilan autores y obras ligadas al Principado, una tierra a la que estaba vinculado, además, por lazos familiares profundizados por algunos de sus numerosos hijos. Muchos de sus amigos eran también de aquí, y aún recuerdan su inteligente humor británico y su fraternal cercanía.
Su cuñado avilesino, Fernando Morán, firmaría como ministro nuestro ingreso en una Europa institucional en la que Leopoldo había trabajado a destajo. Imagínense poder recuperar esas conversaciones familiares con la Unión Europea de fondo. Pero, además de los horizontes continentales, para Calvo-Sotelo no había más que Corte o cortijo, como leí en algún lado, es decir: La Moncloa o Ribadeo. Aunque, en realidad, lo que él solo veía desde los ventanales de su preciosa casa de Guimarán, en la avenida bautizada con su nombre, era Asturias. Para nuestra orilla era su primera y última mirada cada día. Y eso continúa pasando hoy, porque los Calvo-Sotelo Ibáñez-Martín siguen asomándose a ese privilegiado balcón y formando parte del genuino mestizaje de la entrambasaguas que se extiende del Navia al Eo, unas gentes que tienen de gallegos lo que tienen de asturianos y viceversa.
No me hacen falta fotos ni vídeos de los encuentros que mantuve, cuando era un guaje, con Leopoldo Calvo-Sotelo. Guardo esos momentos como oro en paño en mi memoria. Tanto de aquel paseo por el Puente de los Santos sin asfaltar y sin pretiles, con un nordés del carajo, como cuando le estalló a su espalda una máquina de café que le dejó perdida la camisa, en un establecimiento de Castropol. Siempre me impactó su aplomo, saber estar, humor, categoría personal y señorío.
Aprovechar el primer centenario de nacimiento de Leopoldo Calvo-Sotelo y Bustelo nos debiera servir para reivindicar de una vez la política de altura, madura, prestigiosa, normal, la que está al servicio de los intereses generales y no de los particulares de los que solo la persiguen para poder vivir de algo. Y, en nuestro particular caso asturiano, para honrar como corresponde a una figura pública insustituible que nos conocía al detalle, que nos apreciaba mucho, y que colaboró como pocos a eliminar nuestra persistente intransitividad.
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