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Opinión

Naranjas de la China

La imputación de Begoña Gómez y el viaje presidencial a Pekín

El matrimonio Sánchez viajó a China a hacer tai-chi institucional y restar de esa manera estrés a sus tribulaciones. Si la Audiencia Provincial de Madrid no levanta una Gran Muralla procesal de última hora, Begoña Gómez acabará sentada en el banquillo. Cuatro cargos, por falta de uno: tráfico de influencias, corrupción en los negocios, malversación y apropiación indebida. Un menú degustación completo del Código Penal.

Puestos de uno en uno, el caso suma en folios más kilómetros que la distancia de Moncloa a Pekín. Han pasado ya dos años, suficientes para que el caso haya envejecido como un Rioja: cuanto más tiempo pasa, más se utiliza para brindar. El Gobierno lo ha exprimido como naranjas de la China. Cada auto judicial, una confirmación de que la democracia está en peligro mortal: la conjura del poder judicial con la ultraderecha haciendo sonar el gong.

El juez Peinado, una china en el zapato del Gobierno, también ha puesto de su parte en el menú. Decidió que imputar no era suficiente y que convenía acompañar el auto con salsa picante, sacando a Fernando VII del congelador. Para algunos, el instructor ha cocinado una sartén de cerdo agridulce judicial: mitad sumario, mitad columna de opinión. Sabroso para unos, indigesto para otros.

El PSOE lo tiene claro: si Begoña sale absuelta, habrá fiesta popular; si la condenan, será culpa de una conspiración judeo-masónica orquestada por agentes de la CIA con los dedos manchados de salsa de pollo de Kentucky.

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