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Opinión | El rincón del veterinario

Carlos Iglesias Pedemonte

Mi primera cesárea

Aún recuerdo mi primera cesárea. No por la técnica, que uno aprende, repite y acaba dominando, sino por todo lo que la rodea. Porque en veterinaria no solo nos involucramos en la cirugía, sino en todo, desde la primera conversación con la tutora hasta la decisión final de cómo proceder en la cirugía.

La historia empezó de forma sencilla: un cachorro nuevo en casa, juegos, convivencia y, cuando llegó el momento, la naturaleza hizo su trabajo. "Chloe" se queda embarazada de este nuevo integrante, que maduró mas rápido de los esperado. Lo que podría ser una buena noticia, para su tutora, sin embargo, no lo era. Arrastraba una experiencia amarga con el parto complicado de otra perrita cercana. Y hay decisiones que no se toman desde la teoría, sino desde el recuerdo. Desde el miedo, si queremos llamarlo por su nombre.

Por eso, desde el principio lo tuvo claro: "Prefiero una cesárea programada". En consulta, uno aprende a escuchar. A veces más que a hablar. Y entendí perfectamente que aquello no iba solo de medicina, sino de tranquilidad.

Confirmamos la gestación al mes de la monta. Tres pequeñas vesículas que se dejaban ver en la pantalla del ecógrafo, aunque con esa ambigüedad que tanto nos gusta a los veterinarios: podían ser tres o quizá dos. La biología rara vez se deja encasillar.

Pasaron las semanas, y en el día 45 ya no había dudas. Los latidos estaban ahí, rítmicos, constantes, casi hipnóticos. Siempre me ha parecido uno de los sonidos más bonitos de esta profesión. Medimos progesterona. Todo seguía su curso, como un reloj antiguo, de los que no necesitan pilas pero sí paciencia. El día 63 desde la monta ya teníamos la fotografía completa: estructuras bien formadas, tres cachorros confirmados en radiografía, analítica prequirúrgica correcta y una progesterona que empezaba a descender, anunciando lo inevitable. El parto estaba cerca. Muy cerca.

Carlos Iglesias Pedemonte, con las tres crías a las que ayudó a nacer.

Carlos Iglesias Pedemonte, con las tres crías a las que ayudó a nacer. / Cedida a LNE

Un síntoma es la bajada de temperatura de forma brusca. Su tutora medía la temperatura cada 8 horas y fue donde detectó una hipotermia. No solo eso, "Chloe" estaba inquieta. Se levantaba, se tumbaba, volvía a levantarse. Podríamos haber esperado. Dejar que la naturaleza siguiera su curso, como tantas veces se ha hecho. Pero también sabíamos lo que eso significaba: una noche larga, incertidumbre y la posibilidad de que algo se torciera sin nadie mirando.

Así que decidimos adelantarnos. Porque a veces, hacer medicina es precisamente eso: saber cuándo intervenir… y cuándo no tentar la suerte. Recuerdo el quirófano en silencio, ese tipo que no es ausencia de ruido, sino concentración. Todo preparado, cada gesto medido. Y luego, uno a uno, fueron apareciendo. Tres cachorros. Vivos. Fuertes. Protestando al mundo como debe hacerlo cualquier recién nacido que se precie.

En ese momento, todo lo demás desaparece. No hay protocolos, ni porcentajes, ni decisiones previas. Solo ese instante. Al terminar, mientras "Chloe" empezaba a recuperarse y los pequeños buscaban instintivamente el calor, pensé en lo curioso que es este oficio. Podemos hablar de hormonas, de días post monta, de ecografías y radiografías pero al final, lo que realmente importa es otra cosa. La tranquilidad de una familia.

La confianza depositada en unas manos.

Y tres nuevas vidas que empiezan.

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