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Manual de intrusiones de Bolaños

El ministro de Justicia erosiona la separación de poderes

Hay gobiernos que respetan la separación de poderes y otros que la utilizan como felpudo para sacudirse los lodos. El de Pedro Sánchez ha elegido la segunda opción, con la convicción del trilero que se disfraza de hermanita de los pobres. El desaliño institucional ya no es un vicio ocasional, sino un método. Y el método consiste en colonizar, presionar y deslegitimar aquello que se escapa de la órbita del mandamás, pendiente a todas horas de que no se le deshagan los palos del sombrajo.

Que el ministro de Justicia, Félix Bolaños, se atreva a calificar autos judiciales contrarios a los intereses de su jefe se antoja una obscenidad inconstitucional. La Justicia no es una tertulia televisiva ni un mitin en Las Ventas; es un poder del Estado. La Justicia no está para ser comentada por quien tiene la obligación de proteger su independencia. Pero este Gobierno no distingue entre poder y partido, ni entre Estado y trinchera. A Begoña Gómez no se le toca.

El patrón es viejo y peligroso. Primero se desacredita al juez, luego se presenta la instrucción como persecución y finalmente se sugiere que la Justicia conspira contra la voluntad popular. El Ejecutivo cocina de esta forman la coartada perfecta: si la ley incomoda, el problema no es el poder, sino quien lo limita.

Y ahí está el nudo. Porque cuando un Gobierno decide que cumplir la Constitución es optativo, que los jueces sobran y que la democracia consiste en no molestar al presidente, lo que se erosiona no es una causa judicial concreta, sino el armazón entero del sistema. Lo de esta gente no es desaliño: es demolición controlada.

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