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Amor fraternal

Hermanos, infancia y pérdida prematura: vínculos complejos que marcan la vida

Son curiosas, y nada fáciles, intrincadas, las relaciones fraternales. La aritmética del tiempo, esa que mide sin calcularlos, pues es imposible cuantificar el paso del tiempo, lo mismo que la dedicación a la escritura de una novela, los años que compartimos la vida con alguien, no ayuda. Con los hermanos pasamos los más cruciales, los de la infancia y la adolescencia, esos en los que todo lo que experimentemos determinará luego, en gran medida, si no absolutamente, cómo seremos, las personas en las que nos convertiremos y, por tanto, el resto de nuestras relaciones, de pareja, de amistad, incluso en el trabajo.

Y lo hacemos, vivimos con ellos durante ese tiempo, librando una singular batalla, unas veces de forma más inconsciente, otras dándonos plena cuenta, por el amor de nuestros padres. Por mucho que no lo reconozcamos, no queramos, nos neguemos, hay en cada uno de nosotros una necesidad, humana, comprensible, también infantil, aunque sigamos sintiéndola pasados los 60, por recibir el favor de nuestros padres, su atención, su aprobación, por ser los elegidos, los preferidos, los más amados, entre sus hijos.

Si, además, como en mi caso, esa relación fraternal está marcada por la pérdida temprana, durante la infancia, precisamente, de uno de los progenitores, quedará condicionada para siempre, su naturaleza cambiará, enturbiada por el peso de la responsabilidad, y se vaciará de la inocencia que siempre ha de tener un hueco en el amor, sea del tipo que sea.

Mi hermana y yo nos llevamos dieciséis meses y yo soy la mayor, un papel difícil, tanto de interpretar como de asumir por quien no lo es, la hermana menor, que igualmente cargará con ese sambenito el resto de su vida en ese núcleo familiar. Cuando mi madre murió, yo, enferma y sumida en la tristeza, aterrada, confundí los roles y pasé a ser la madre de mi hermana, algo que, en lugar de acercarnos, nos alejó, robándonos la posibilidad de ser quienes deberíamos haber sido la una para la otra. Asumo mi culpa, lo llevo haciendo desde hace muchos años, casi tantos como los que acumulo de terapia, y aún aspiro a mirar algún día a mi hermana a los ojos y no sentir que, de algún modo, su felicidad y su desdicha dependen de mí, verla como es, una mujer independiente, madre de dos hijos preciosos, responsable y capaz, y no como la niña que se quedó huérfana.

Hace unos días, viendo ‘Valor sentimental’, me acordé mucho de ella, de nosotras. Es la historia de dos hermanas, de la relación entre ellas y con su padre, divorciado de su madre cuando ellas eran pequeñas y ausente desde entonces. La película es dura y preciosa, toda ella, pero hay una escena, ya al final, especialmente emotiva.

Las dos hermanas están en casa de la mayor, en su habitación, y ésta, Nora, le pregunta a la pequeña, Agnes, cómo es posible que ella esté tan jodida si tuvieron la misma infancia. Entonces, Agnes le dice: “Hay una gran diferencia en cómo crecimos: yo te tenía a ti. Sé que crees que eres incapaz de sentir, pero estuviste ahí para mí. Cuando mamá estaba mal, me lavabas el pelo, me lo peinabas, me llevabas al colegio. Me sentía segura”. Sentirse segura al lado de alguien, junto a esa persona. Eso es, el amor fraternal.

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