Opinión
La cuestión de la democracia
Ambigüedades democráticas y contradicciones políticas
La situación y perspectiva de la democracia en el mundo, en general, y en cualquier lugar de este, en particular, es un tema recurrente de la actualidad política. Europa está impaciente por confirmar si la derrota de Orban deja fuera de circulación el oxímoron de la "democracia iliberal", que el líder húngaro del populismo europeo caído en desgracia creía haber inventado. Un imposible, pues la experiencia histórica de la sociedad moderna prueba sobradamente que la democracia representativa tal como es solo puede prosperar en un régimen liberal y, a su vez, la única forma política que garantiza la libertad es esa democracia. La democracia se puede entender de distintas maneras, pero su definición tiene unos límites.
En Barcelona se ha celebrado la cuarta cumbre en defensa de la democracia, una iniciativa surgida en 2024 al calor de Naciones Unidas, a la que han asistido jefes de estado y de gobierno, ministros, embajadores y otros dirigentes de menor rango de una veintena de países de cuatro continentes. La cita ha congregado a una representación internacional de las fuerzas progresistas. En ausencia de los principales líderes de la socialdemocracia europea, el protagonismo ha recaído en los presidentes, alguno ya veterano, de la nueva izquierda latinoamericana. Mientras, Corina Machado, que lidera una plataforma de catorce partidos opuestos al chavismo, hizo escala en Madrid en la gira que lleva a cabo con el fin de recabar apoyos para la recuperación de una democracia plena en Venezuela.
En los dos eventos se ha invocado la democracia y se han proclamado con firmeza sus valores. Pero esta feliz coincidencia está envuelta en una ambigüedad de fondo en torno al significado del concepto y las actitudes que exige. Entre quienes levantaron la voz por la democracia en Barcelona y los que agasajaron a la laureada venezolana con el Nobel en Madrid parece haber un abismo. Tanto es así que Corina Machado no tuvo empacho en declarar que después de escuchar lo dicho en la cita catalana se reafirmaba en la inconveniencia de acudir a un encuentro con el presidente del gobierno español. Nuestro país ha sido escenario de la pugna política que se desarrolla en Sudamérica, con implicaciones a escala global, y de la que participan los grandes partidos nacionales, el PSOE haciendo piña con la izquierda del sur y el PP y Vox adheridos a Corina Machado. Todos por la democracia, pero cada uno a lo suyo.
Pedro Sánchez, anfitrión en Barcelona, en su discurso de bienvenida propuso una reforma de las instituciones para construir un orden multilateral que sea presidido por una mujer, el respeto a las reglas establecidas y los acuerdos por parte de todos los estados y, en resumen, abandonar la postura defensiva respecto a la democracia, que consideró insuficiente, y pasar a la ofensiva con iniciativas orientadas a procurar una buena información y reducir las desigualdades sociales. El jefe del Ejecutivo español enunció estos buenos propósitos recién llegado de China, donde según las crónicas del viaje fue recibido con todos los honores por Xi Jinping, con quien ha hecho buenas migas y se muestra cordial e incluso afín.
La defensa de la democracia requiere compromisos en la política interna de cada estado antes que en el juego de la política internacional. Donde primero ha de cumplirse con la legalidad y actuar siguiendo la pauta democrática es en la política nacional. La democracia consiste en elecciones abiertas, limpias y en igualdad de condiciones, y también en la rendición de cuentas, autonomía de los poderes en el desempeño de su función, controles eficaces y oportunidades para que los ciudadanos participen en la vida política. Estas son las notas que distinguen a las mejores democracias. La democracia española está entre ellas en el primer punto, pero ha quedado algo rezagada en los demás. Este es la mayor debilidad de la ejecutoria de Pedro Sánchez. Por querer hacer política a su medida, ha distorsionado gravemente la evolución de la democracia española. Ha reducido su partido al papel de comparsa, rehúye siempre que puede la rendición de cuentas, se ha empeñado en neutralizar y poner de su lado todas las instituciones de control, no se comunica con la oposición, ejerce el poder con un estilo paternalista ajeno al progresismo que pregona y trata de obtener un beneficio propio de cualquier asunto. Aparte el acierto o desacierto de sus decisiones, no es un ejemplo de práctica democrática. Haría falta que la sociedad española se lo dijera con claridad.
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