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Con la música a otra parte

Adoro la música, pero no toda ni en todo momento. En un restaurante, cualquier música que no sea meramente ambiental incomoda, dificulta la charla, impide disfrutar las pausas, favorece el griterío. Así que en cuanto acabo me abro. Paseando luego por la ciudad nocturna, me expulsa de su plaza mayor la música programada por una promoción de bebidas. Al día siguiente, por la mañana, intento gozar desde el paseo marítimo de la visión de la playa casi desierta y de la rompiente de las olas, pero casi al iniciar el recorrido soy asaltado por una marejadilla de música moderna, que sube y baja de volumen conforme mis pasos me acercan o alejan de los sucesivos altavoces, sujetos a las altas farolas que contornan la bahía. La música no era ingrata (rock español de los 90, creo), pero ¿por qué escucharla obligatoriamente en un espacio público abierto? Así que aprieto el paso para fugarme.

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