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Lo que pase en Andalucía

Las encuestas muestran por donde van los tiros en la comunidad sureña

En Andalucía no ha habido conversión ideológica ni milagro de Fátima: ha habido cansancio y hastío. El votante andaluz decidió ya hace tiempo que prefiere un gobierno que no le grite al oído mientras desayuna. En ese escenario es actor principal Juanma Moreno, ese presidente autonómico con voz de hilo musical y hábitos de hilo de dientes: no molesta, no cruje, no polariza. Gobierna como quien pone el aire acondicionado a 24 grados: nadie aplaude, pero todos respiran.

Las encuestas no anuncian la derechización de Andalucía; confirman que la ciudadanía quiere tranquilidad. Frente a eso, el PSOE comparece como la barra gastada de un viejo bar de copas a las cuatro de la mañana: ruido, bronca y mañana de resaca. María Jesús Montero paga, además, el peaje de ser delegada del Gobierno central, lo que en territorio andaluz se percibe como un generador portátil de crispación según el modelo patentado por Pedro Sánchez.

El resultado es paradójico y pedagógico: cuanto más fuerte está el PP moderado, más débil aparece Vox. La ultraderecha no se frena a gritos, sino ocupando el espacio que ella necesita para crecer: el del enfado permanente. Sin bronca no hay gasolina.

Durante décadas, el PSOE gobernó Andalucía no solo por manejar el territorio como un cortijo, sino también por ser un partido previsible. Hoy ese papel lo interpreta el PP. Nada nuevo bajo el sol de Despeñaperros: ganan los que no convierten la política en una reyerta. La vacuna contra los extremos nunca fue el sermón, sino la moderación. Aburrida, sí. Pero eficaz.

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