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El sí quiero de Guardiola

La melodramática y hasta esperpéntica María Guardiola que hoy invoca felicidad y diversión quiso en su día, ante el pasmo de los suyos, presentarse como la dirigente conservadora dispuesta a plantar cara a Vox, aunque ello le costara el poder. Durante unas horas, Extremadura pareció convertirse en el escenario de un gesto infrecuente y romántico en una época de convicciones líquidas. La líder popular aseguraba que no podría gobernar con quienes niegan la violencia machista, desprecian la inmigración y convierten la nostalgia autoritaria en programa. Sus palabras sonaron entonces a frontera moral. Duraron poco, por no decir casi nada. Aquel rechazo solemne ha concluido en un acuerdo celebrado por la propia Guardiola como un ejercicio de responsabilidad, como si entre el "con ellos no" y el "gracias a ellos sí" no mediara contradicción alguna. La política española, tan pródiga en mudanzas, vuelve a demostrar que la hemeroteca se ha convertido en un simple inconveniente técnico. Lo que hace no tanto tiempo resultaba inasumible es ponderado ahora como un acto de sensatez institucional.

Vox no es hoy un socio más presentable que hace un mes; al contrario. Sus referentes internacionales acumulan un descrédito creciente, empezando por el caído Orbán, símbolo de amistades incómodas. Sin embargo, el Partido Popular parece resignado a normalizar lo que hasta ayer decía combatir, entendiendo finalmente que conciliar sus votos con los del partido ultranacionalista de Abascal es la única forma posible de desalojar a Sánchez y al sanchismo, objetivo considerado urgencia nacional.

Aragón ha seguido la misma senda. La decisión puede tener lógica aritmética, pero la aritmética nunca ha bastado para explicar la política. El problema será convencer al votante moderado de que se puede gobernar con la ultraderecha sin terminar pareciéndose a ella. Ese equilibrio, tan invocado como improbable, será un examen para el Partido Popular durante el tiempo que dure la cohabitación con Vox.

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