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Prioridad nacional

Habría que tener cuidado con algunas consignas. La llamada "prioridad nacional" que el Partido Popular dice ahora asumir con naturalidad —y no como peaje impuesto por Vox en sus pactos autonómicos— merece algo más que una lectura táctica. En efecto, no se trata de una ocurrencia aislada ni de una extravagancia peninsular. El endurecimiento del discurso sobre inmigración y acceso a recursos públicos se ha ido abriendo paso en buena parte del centroderecha europeo, e incluso algunos gobiernos socialdemócratas han comenzado a transitar ese mismo camino, convencidos de que la ansiedad social se combate mejor imitando al adversario ultranacionalista que discutiéndolo.

Pero el problema no está solo en el enunciado. Se halla en la carga xenófoba que contiene. Hablar de "priorizar a los nacionales" en el acceso a la vivienda, a las ayudas públicas o a determinados servicios no es una simple reformulación administrativa del Estado del bienestar. Es la construcción deliberada de una frontera interior entre quienes merecen protección y quienes deben resignarse a una ciudadanía de segunda. Y eso, además de éticamente cuestionable, tropieza con la ley. No es que semejante planteamiento vulnere principios elementales de igualdad. La legislación española y europea impide expresamente discriminar por razón de nacionalidad en ámbitos esenciales vinculados a derechos y prestaciones. Es decir, detrás del eslogan, fácil de asimilar, puede haber rédito electoral, pero difícilmente un recorrido jurídico. La "prioridad nacional" funciona mejor como consigna que como política. Y como consigna es sumamente peligrosa.

Por eso inquieta que un partido que todavía se reivindica heredero de una tradición liberal acepte siquiera jugar con esa retórica. Las palabras, antes que convertirse en leyes, son clima, y algunos climas irrespirables de Europa han empezado muchas veces con una frase engañosamente razonable que señala al extranjero como culpable de todos los fracasos propios. El PP debería recordar que hay terrenos donde la ambigüedad no es pragmatismo, sino una forma lenta de renuncia.

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