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Pujol se va de rositas

Un juicio sin la cabeza visible de la trama en el banquillo

Hay escenas que resumen mejor que cualquier auto judicial el fracaso de un proceso. La silla vacía de Jordi Pujol en el juicio a su familia es una de ellas. El patriarca del clan queda fuera de la causa por su edad y su estado de salud, mientras el resto comparece por una trama que, sin el patrón, pierde sentido narrativo y político. El espectador asiste a una obra mutilada: están los secundarios, se conoce la recaudación pero falta el director de escena.

Durante años se repitió que Pujol no sabía nada, que todo ocurrió a sus espaldas. Sin embargo, su figura era el cemento que mantenía erguido el edificio. El poder no solo se ejerce firmando documentos; también favoreciendo climas, otorgando silencios y legitimando comportamientos. En ese contexto, juzgar a la familia sin el padre equivale a procesar a los Corleone sin Don Vito: el guion no se entiende y la moraleja se diluye.

La causa judicial se alargó hasta que el calendario hizo su trabajo. No ha sido la clemencia, sino la lentitud, la que ha dictado sentencia. Y esa lentitud tiene consecuencias políticas: instala la idea de que el poder, bien administrado y con tiempo suficiente, acaba esquivando el banquillo. No es un problema biológico, sino institucional.

Nadie pide ensañamiento con un anciano. Lo que se reclama es coherencia democrática. La justicia también cumple una función pedagógica, y en este caso la lección resulta inquietante: el sistema puede juzgar a los herederos, pero es incapaz de interpelar al origen. La “liberación” judicial de Pujol padre no cierra heridas; las deja supurando bajo una pátina de formalidad legal.

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